La primera mañana sin celulares no se medirá por la cantidad de aparatos guardados en las mochilas, sino por algo mucho más difícil de contar: las miradas que sin distraerse vuelven a ver el pizarrón, por las conversaciones que regresan durante el recreo y por el tiempo que niñas, niños y adolescentes recuperan para aprender y convivir.
Ayer entró en vigor la regulación nacional para el uso de dispositivos digitales personales en las escuelas y como lo he expresado en este mismo medio, no solo estoy a favor de esta medida, sino que la apoyó absolutamente, pues la escuela debe ser un espacio de atención, encuentro y formación; no una extensión de la diversión, rodeada notificaciones que acompañan a nuestras hijas e hijos durante todo el día. Por ello, respaldar la restricción también significa exigir que se aplique con claridad, sensibilidad y sentido educativo.
Si bien, el acuerdo emitido en el Diario Oficial de la Federación el pasado 22 de septiembre, establece que en educación básica los celulares no deberán utilizarse durante la jornada escolar, incluido el recreo; también considera algunas excepciones para actividades pedagógicas previamente planeadas, emergencias y necesidades relacionadas con salud, discapacidad, accesibilidad o inclusión. En cuanto a respecta a educación media superior, cada plantel acordará sus propias medidas con la comunidad educativa, lo que genera una amplia responsabilidad a los directores de los plantes y aunque no se trata de confiscar ni de castigar, si es necesario regular el uso del celular y proteger el derecho a aprender.
Esta decisión cuenta con un respaldo relevante pues la Secretaría de Educación Pública informó que más de medio millón de maestras y maestros participaron en la consulta nacional y que el 81 por ciento se pronunció a favor de establecer reglas; en el Estado de México, el Congreso ya había reformado la legislación local para limitar estos dispositivos a fines académicos o emergencias autorizadas. Por lo tanto, se puede asegurar que existe ya una base jurídica y un consenso amplio, sin embargo, a partir de ahora, comienza la prueba de fuego: la implementación en las escuelas.
Me preocupa que toda la responsabilidad termine sobre las maestras y los maestros, porque no podemos pedirles que enseñen, acompañen, atienden conflictos y además conviertan cada mañana en una discusión sobre teléfonos, cuando la realidad es que esa responsabilidad deber de caer en los padres de familia e implementar desde casa una estrategia de revisión y supervisión para evitar que sus hijos lleven dispositivos móviles al salón de clases.
Por ello, las autoridades educativas deben explicar el acuerdo establecido, y determinar protocolos sencillos que permitan hacerles saber a las niñas, niños y adolescentes las nuevas reglas, considerando siempre el respeto, evitando medidas humillantes, revisiones arbitrarias o sanciones que rompan la relación entre la escuela y la familia.
Como madre, entiendo una inquietud inmediata: ¿cómo podremos comunicarnos si ocurre una emergencia? Por lo que cada escuela debe contar con números actualizados, una persona responsable y un mecanismo que realmente funcione para establecer una comunicación efectiva; porque para quienes trabajan lejos del plantel, esa certeza es tranquilizante, ya que la confianza no se construye diciendo que habrá comunicación; se construye contestando cuando una familia necesita ayuda.
Por otro lado, el recreo será uno de los grandes y nuevos desafíos, ya que guardar el celular no produce automáticamente una convivencia, es decir, se tienen que retomar los orígenes y enseñar a los alumnos a jugar, mientras que la escuela se debe de comprometer a recuperar espacios deportivos, clubs de lectura y actividades culturales, pero también algo más importante, observar a quienes se quedan solos evitando episodios de depresión.
Esta medida, merece respaldo total de las comunidades escolares y de las autoridades, porque coloca el bienestar de las infancias en el centro de atención.
Dentro de pocos meses, podremos tener una primera evaluación de si realmente mejoró la atención, cambió la convivencia y/o disminuyeron los conflictos; es decir, reconocer lo que funciona y corregir lo que no.
Por ello, las familias también tenemos una tarea que puede resultar difícil, pedirles a nuestros hijos que aparten el teléfono mientras compartimos alimentos, cuando entablamos una conversación o cuando se hace tarea que no amerita el uso de la tecnología… porque solo así esta etapa de educación digital comenzará con límites básicos que se sostendrán con el ejemplo.
Ojalá que la escuela después del celular no sea una escuela más silenciosa, sino más viva y que una maestra o maestro, descubra más manos levantadas; que una niña o niño encuentre con quién jugar; que un adolescente vuelva a conversar sin mirar una pantalla; porque solo así entenderemos que esta decisión no buscaba quitarles algo, sino devolverles tiempo: tiempo para aprender, para encontrarse y para disfrutar plenamente su infancia.
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