Hace tiempo el mundo no le tenía miedo al color y lo transpiraba sin vergüenza. Las calles y ciudades tenían identidad: puertas color turquesa, cocinas amarillas, sillones naranjas, ventanas llenas de plantas con flores coloridas, vestidos con estampados que no pedían permiso para gritar la alegría de quienes los portaban y vehículos pintorescos que llenaban de vida las calles.

Durante la década de los setenta, los colores explotaban en cada rincón como una declaración cultural, como si el mundo gritara que estaba vivo. La moda abrazó los estampados psicodélicos, las plataformas coloridas y brillantes, los tonos saturados y las combinaciones inimaginables. Las casas se pintaban de colores intensos y se decoraban con papeles tapiz artísticos. Las calles mostraban espectaculares llenos de vida, discos LP con portadas vibrantes y hasta electrodomésticos con colores encendidos. El brillo era parte de un optimismo visual, generado por la necesidad de expresar libertad.

Sin embargo, hoy la forma común de habitar nuestro planeta está marcada por una estética minimalista, en donde todo parece gris; todo parece estar diseñado para no destacar y para no llamar demasiado la atención.

Los automóviles perdieron su color. Todos parecen salir de la misma fábrica, donde solo existen el blanco, el negro, el gris o el plata. Según algunos reportes internacionales de diseño automotriz y pigmentación industrial, durante la última década el 75% de las ventas de automóviles en el mundo han sido en colores acromáticos. El rojo dejó de ser un símbolo de personalidad, mientras que el azul eléctrico o cualquier otro color vibrante parecen reservados para quienes se atreven a romper los estereotipos sociales modernos.

Hoy las casas se pintan color cemento, con interiores diseñados en escala de grises, cocinas monocromáticas, muebles de tonos neutros y decoraciones “minimalistas” que parecen más una sala de exhibición que un hogar vivo. La obsesión contemporánea por lo minimalista no solo eliminó el exceso; también comenzó a borrar la calidez humana.

Y luego está la ropa. Nos volvimos “aesthetic”: vestimos para combinar con el algoritmo incoloro y neutro, con prendas básicas, simples y con una enorme ausencia de estampados. La elegancia se volvió silenciosa, borrando parte de la identidad de cada persona, haciéndonos ver uniformados en la monocromía. Cada vez somos menos quienes nos atrevemos a vestir con colores vivos, como si resaltar se hubiera convertido en un riesgo social.

Si bien el minimalismo tiene virtudes —como simplificar espacios, intentar reducir el consumo excesivo o aportar cierta armonía visual—, la vida también corre el riesgo de volverse emocionalmente plana. Las ciudades empiezan a sentirse frías, con espacios visualmente tristes, porque el color no es un detalle menor: influye en el estado de ánimo y en la identidad colectiva.

Los colores cuentan historias; el exceso de gris las silencia.

Entonces me llega a la mente una pregunta incómoda: ¿tenemos miedo a sobresalir, a ser vistos, y por eso estamos permitiendo que nos invada la monocromía? ¿O simplemente estamos perdiendo las ganas de vivir y, paulatinamente, nos estamos volviendo más fríos, más distantes y más contenidos emocionalmente?

Estamos perdiendo algo más profundo que una paleta de colores. Estamos renunciando poco a poco a la alegría de vivir, de sentir, de expresarnos y de darnos permiso de disfrutar la vida.

No solo estamos dejando de usar color en las calles, en las casas, en los carros o en nuestra ropa; también estamos dejando de sentir el color de la felicidad. Contradictoriamente, en una época marcada por la mercadotecnia y el exceso visual, vivimos con miedo al exceso de alegría.

Quizá por eso deberíamos permitirnos regresar un poco a esa época en la que el color era libertad, identidad y felicidad. Porque tal vez no solo necesitamos recuperar el color, sino también las ganas de sentirnos vivos.

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