En días pasados tuve la oportunidad de platicar con una amiga muy querida, directora de un plantel de educación media superior ubicado en la región norte del Estado de México; durante nuestra charla, le pregunté si consideraba que las adicciones tenían un rostro regional, a lo que de forma contundente me respondió que no. Me dijo que, en la actualidad, el consumo de drogas puede presentarse sin importar el contexto social o el grado de estudios, porque hoy todas y todos los jóvenes pueden estar expuestos.
Su respuesta, acompañada de algunas vivencias que compartimos, me dejó pensando, que actualmente ninguna familia, escuela o comunidad debe sentirse completamente a salvo, pero esto no significa que las condiciones familiares, económicas y comunitarias hayan dejado de importar, pues la violencia, el abandono familiar, la falta de oportunidades, los problemas de salud mental y la ausencia de redes de apoyo aumentan la vulnerabilidad de nuestros jóvenes.
Y es que, para que una persona joven se acerque por primera vez a una droga, algunas veces solo basta con que otra le invite a consumirla, mediante una frase aparentemente sencilla: “pruébala”, “no pasa nada”, “todos lo hacen”, “sólo será una vez” o quizás la más peligrosa de todas, “te vas a sentir mejor”.
Esta primera oferta no se presenta como el inicio de una tragedia, aparece en una fiesta, en el baño de una escuela o durante una reunión entre amigos; aunque también puede esconderse detrás de algo “inofensivo”, como un vapeador o un medicamento utilizado sin prescripción o incluso en un “brownie”.
Y es así como comienza muchas veces una historia que ninguna madre y ningún padre imaginó vivir. De pronto llegan las preguntas, la culpa y esa dolorosa sensación de no saber en qué momento el hijo que salió de casa comenzó a alejarse también de sí mismo.
Por eso debemos dejar de pensar que las adicciones solamente ocurren en determinados sectores sociales y que consumir drogas es solamente una “mala decisión”, pues detrás del consumo, existe depresión, ansiedad, curiosidad, violencia familiar o incluso con la necesidad de escapar de una realidad dolorosa.
Porque las drogas ofrecen durante unos minutos aquello que muchas personas jóvenes sienten que no encuentran en su día a día, no se reconocen a sí mismas, no tienen identidad o sentido de pertenencia o simplemente quieren salir de sus “problemas”. No siempre consumen porque quieren destruirse, en ocasiones lo hacen porque no encuentran otra forma de pedir ayuda.
La Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco 2025 ofrece una señal alentadora: el consumo experimental de drogas ilegales entre adolescentes disminuyó de 6.2 por ciento en 2016 a 4.1 por ciento en 2025. El consumo de cannabis también bajó de 5.3 a 3.7 por ciento; es decir, los datos demuestran que la prevención funciona, pero no podemos permitirnos bajar la guardia.
La misma encuesta señala que la edad promedio de inicio en el consumo de alcohol entre adolescentes pasó de 13.6 a 13.2 años; es decir, el primer acercamiento ocurre cuando muchas niñas y niños apenas están terminando la secundaria y aunque el alcohol sea una sustancia “legal”, su consumo temprano también debe preocuparnos porque normaliza conductas de riesgo y puede abrir la puerta a otras sustancias.
Prevenir no puede reducirse a colocar carteles en las escuelas y mucho menos a impartir una plática muy de vez en cuando. Es imperativo hablar de las drogas con información clara, sin exageraciones, con fundamento científico y sin minimizar las consecuencias del consumo. Debemos hablar en las escuelas, con alumnos, maestros, madres y padres de familia, para que todos conozcan las señales de riesgo y los protocolos que les permitan intervenir oportunamente.
La prevención también empieza en casa, con madres y padres presentes, no convertidos en policías, pero sí atentos, que sepan preguntar sin interrogar, escuchar sin juzgar, y acompañar sin abandonar. El aislamiento, los cambios repentinos de amistades, alteraciones del sueño, ausencias escolares o pérdida de interés en actividades que antes generaban entusiasmo, pueden darnos indicios de que algo está pasando con nuestros hijos.
En el Estado de México se han impulsado acciones valiosas. Durante este año, la estrategia “Prevención en Primera Persona” llegó a más de 12 mil estudiantes de diferentes secundarias y preparatorias en siete municipios del Valle de Toluca; en dónde a través de experiencias generadas con realidad virtual, las y los jóvenes pudieron enfrentar simulaciones relacionadas con la presión social, el ofrecimiento de sustancias y la toma de decisiones; este importante esfuerzo debe ampliarse y acompañarse de atención psicológica, actividades deportivas, culturales y comunitarias que impacten de forma directa en la vida de los jóvenes.
Un joven que ya consume drogas no necesita desprecio ni una etiqueta que lo persiga toda la vida, necesita tratamiento profesional, apoyo familiar y una comunidad dispuesta a acompañarlo. Una persona joven puede ofrecer la primera sustancia, pero toda una sociedad debe estar presente para ofrecer una salida.
Porque para acercarse a una droga quizá baste una “sencilla” invitación y la falta de esperanza; pero para alejarse de ella debe existir una gran red de apoyo que abrace sin juzgar, que escuche sin condenar y que nunca se dé por vencida.
Porque la verdadera prevención comienza mucho antes de retirar una sustancia de sus manos: empieza cuando logramos colocar esperanza en su vida y razones para no renunciar a su futuro.
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