Cada año, en el mes de agosto, se conmemora la Semana Mundial de la Lactancia Materna, un recordatorio anual sobre el valor incalculable que tiene este acto biológico y afectivo para las y los recién nacidos. Este año, bajo el lema: "Lactancia materna para un comienzo sostenible en la vida: fortalecer lo que funciona", la comunidad internacional insiste en algo que la ciencia ha demostrado hasta el cansancio: la leche humana es el estándar de oro de la nutrición infantil, un escudo protector contra enfermedades y el cimiento fundamental del desarrollo cognitivo y emocional de las futuras generaciones.
Reflexionar sobre la lactancia en la actualidad nos exige una mirada autocrítica y profunda que traspase el romanticismo institucional, pues no basta con colgar carteles en centros de salud que alaben las bondades de amamantar, depositando toda la responsabilidad sobre las mujeres, porque pretender que una madre logre una lactancia plena, exclusiva y sostenida sin modificar las estructuras del entorno laboral y social es una contradicción.
Es necesario reconocer que las mujeres que no logran una lactancia exclusiva, no es por falta de voluntad materna, sino por la colisión frontal con un sistema económico y laboral rígido que les exige estar presentes y activas como si no fueran madres y vemos que mes con mes, millones de mujeres se enfrentan a una disyuntiva injusta: cumplir con las recomendaciones de salud pública de amamantar durante los primeros meses de vida o reincorporarse a espacios de trabajo que operan bajo lógicas en donde la maternidad sigue siendo penalizada de manera silenciosa o abierta.
Las licencias de maternidad insuficientes, la ausencia generalizada de salas de lactancia dignas en las empresas, la falta de flexibilidad horaria y el temor constante a perder el empleo o frenar el crecimiento profesional obligan a muchas madres a destetar antes de tiempo; y esto, en su conjunto, genera culpa, frustración y, sobre todo, una profunda desigualdad social, pues aquellas mujeres en la informalidad o en empleos precarios se enfrentan a situaciones aún más difíciles, haciendo que el poder amamantar a sus bebés sea un privilegio cuando es una necesidad tanto del infante como de la madre.
Se necesita entender que la lactancia materna no es un asunto privado o individual, sino un tema de salud pública y de justicia laboral, pues construir una cadena cálida de apoyo exige compromisos reales por parte de los gobiernos y los empleadores, a través de la ampliación y garantía de permisos parentales remunerados y equitativos, sancionando la discriminación laboral por maternidad, y convertir los centros de trabajo en espacios amigables con la crianza.
Si realmente valoramos el desarrollo de nuestras y nuestros bebés, debemos empezar por cuidar a quienes los cuidan, pues una lactancia plena sólo será posible el día en que las mujeres no tengan que elegir entre su estabilidad laboral y el derecho de sus hijas e hijos a un comienzo de vida saludable. Se necesita que el sistema deje de exigirles resistencia a las madres y comience realmente a sostenerlas.
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