Chimalhuacán, Méx . — En Chimalhuacán el otoño no llega con hojas secas. Llega con un olor denso, a tierra recién regada y a pétalos que aún no se abren del todo. Es el aroma que desde julio se cultiva en silencio entre más de 15 familias del oriente mexiquense.
Ellas son las responsables de que, cuando llegue el Día de Muertos, las ofrendas no estén incompletas. Sin sus flores de 20 pétalos, dicen, las almas se perderían a mitad del camino.
En la colonia Santo Domingo, un hombre de 87 años se mueve entre los surcos con la misma lentitud paciente con la que se mueve el tiempo en el campo. Se llama Simón Valverde Beltrán y es, según quienes lo conocen, el floricultor más longevo del municipio.
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Desde que tiene memoria siembra. Aprendió de su abuelo y de su padre la técnica del almácigo: semilleros modestos donde la vida empieza pequeña y protegida antes de enfrentarse al clima. Cada año el cielo pone pruebas distintas.
Cada año las semillas nativas responden. Cempoalxóchitl, pata de león, nube, crisálida. Con la ayuda de sus hijas e hijos, Simón sigue sacando adelante la cosecha que sostiene a su familia y a quienes trabajan con él.
Este 2026 será la segunda vez que su trabajo se muestre en la Feria del Cempoalxóchitl Chimalhuacán, impulsada por el gobierno municipal que encabeza la presidenta Xóchitl Flores Jiménez.
Del 29 de octubre al 1 de noviembre, frente a la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, en la Cabecera Municipal, las flores saldrán de los terrenos para ocupar el espacio público. No irán solas.
También estará Isidro Jiménez, productor nativo que lleva décadas dedicándose a lo mismo: hacer crecer aquello que alimenta y embellece la tradición.
Isidro habla poco de poesía y mucho de fertilizante. Para él la base de todo está en la tierra bien preparada, en la semilla resguardada generación tras generación y en el riego constante que no perdona descuido.
Desde julio limpia el terreno, elimina maleza, abre surcos y observa. La paciencia, dice, no es un adorno del oficio: es la herramienta principal.
Un poco más allá, en el barrio San Juan Zapotla, la familia de Luis Ángel Delgado Buendía —originaria de San Pedro— lleva 20 años cultivando cempasúchil en maceta y a cielo abierto. Sus variedades tienen nombres que suenan a colores y a herencia: semilla nativa, dorada, limón, clemolito, orange.
Luis Ángel no sólo produce flores. Siembra algo más difícil de cosechar: el deseo de que sus hijos y nietos continúen. Quiere que el oficio no se convierta en recuerdo.
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En Chimalhuacán el cempasúchil no es sólo adorno. Es trabajo de sol a sol, memoria familiar y resistencia silenciosa. Mientras las grandes ciudades compran flores ya cortadas, aquí todavía hay quienes las hacen nacer desde la semilla.
Simón Valverde, Isidro Jiménez, Luis Ángel Delgado y las otras familias que no aparecen en los titulares sostienen, año tras año, el camino de color que las almas necesitan para volver a casa.
Este fin de semana, frente a la iglesia de Santo Domingo, ese camino se volverá visible. Y por unos días el municipio olerá, otra vez, a tradición viva.
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