Los recientes acontecimientos vividos en la frontera de Marruecos con España y la política antiinmigrante de los Estados Unidos, ponen nuevamente en la agenda de gobiernos e instituciones multilaterales este tema; así como en la mirada de la ciudadanía mundial.
No está por demás recordar, para una mejor comprensión, que la migración es una cuestión multifacética, no únicamente una situación problemática; es un tema histórico y global; no podemos explicar el nacimiento y desarrollo de las grandes urbes con su cultura sin estos flujos migratorios, tampoco vamos a encontrar un país que no viva esta realidad ya sea como expulsor, de tránsito o receptor de personas migrantes.
Estamos acostumbrados, o mejor dicho, se nos ha acostumbrado a ver los fenómenos migratorios sólo como problemas negativos y conflictivos, dejando a un lado la parte positiva y constructiva que tiene sobre todo para los países receptores. Al respecto cabe anotar que la ONU tiene ya muchos años intentando cambiar esta percepción por medio del Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular, sin el éxito deseado.
Está claro que la migración tiene impactos negativos; en los países de origen hay rupturas sociales, culturales y económicas, empezando por los lazos familiares y los proyectos personales; solo es cuestión de traer a nuestra mente el pueblo que conozcamos para darnos cuenta de ello: cambios en los roles familiares, si los hombres emigran las mujeres se hacen cargo de la familia, los hijos crecen sin la figura paterna, esos pueblos pierden mano de obra, las personas con mayor nivel educativo buscan mejores oportunidades de desarrollo y vida en otros lugares.
Esta violencia estructural que les toca padecer está acompañada de la otra violencia, la directa, la que viven sobre todo las mujeres jóvenes en su etapa adolescente que son agredidas física, sicológica y sexualmente para luego abandonarlas; pero también conocemos la que padecen todos los migrantes en su tránsito hacia el país al que aspiran llegar; son vulnerados en sus más elementales derechos como seres humanos, extorsionados e incluso asesinados.
Lo más lamentable y condenable del fenómeno migratorio es que deja ver lo inhumano que resulta ser la poca o nula atención a esta situación de los estados que expulsan y de los que reciben; los ejemplos los encontramos en todo el orbe, Marruecos el más reciente.
Y sin embargo, por irónico que resulte, la migración también tiene otro rostro, el más amable, el constructivo, el que ayuda al desarrollo cultural y económico en el mundo; la ONU calcula que aproximadamente los migrantes aportan el 9 por ciento del PIB mundial y ya no hablemos de la importancia de la mano de obra migrante en el mercado de los Estados Unidos de Norteamérica que representa cerca del 40 por ciento del total de los trabajadores estadounidenses.
El impacto de la migración en la cultura, particularmente en la arquitectura y el arte son palpables: es común observar en poblaciones de alto impacto migrante, la modificación de los espacios urbanos; el nuevo entorno termina adaptando costumbres de los recién llegados que no olvidan sus lugares de origen y aprovechan lo ya existente para habituarse, lo cual ha dado origen a nuevos movimientos culturales como el "artivismo".
Pero también está la música, baile, vestimenta, lenguaje o gastronomía migrante, está última, basada en la nostalgia de los sabores y olores que se añoran, que se funden con la esperanza de ingredientes de sus nuevos hogares, útiles para sobrevivir, para alimentarse, pero sobre todo para mantener viva su Historia y sus tradiciones.
Veamos desde otra óptica y otras aristas este fenómeno migratorio, histórico y dialéctico, contradictorio, positivo y socialmente constructivo
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