La inteligencia artificial prometió liberarnos del trabajo rutinario. Nadie advirtió que nos convertiría en sus revisores de tiempo completo. Hay una paradoja silenciosa en el uso cotidiano de la IA: cuanto más tareas le encomendamos, más tiempo dedicamos a supervisar, corregir e iterar. La tecnología que debía ahorrarnos horas nos está consumiendo.
Reflexionemos un momento sobre este argumento. ¿Cómo puede la IA generar fatiga si se supone que nos ayuda a hacer nuestro trabajo más rápido y nos libera tiempo para otras cosas? La respuesta está en una distinción que casi nadie menciona: la inteligencia artificial reduce el costo de producir cosas, pero incrementa el costo de coordinación, revisión y toma de decisiones. Estos últimos son territorios enteramente humanos.
El ejemplo más cotidiano: queremos elaborar un reporte para el trabajo, así que le pedimos a la IA que analice hojas de cálculo de gastos y genere un texto con gráficas y tendencias. Listo, en cinco minutos tenemos un borrador. ¿Qué sigue? Revisarlo, adaptarlo y refinarlo. El proceso creativo es energizante; el proceso de revisión es agotador. Especialmente cuando revisamos un texto generado por una máquina, no por un colega: no hay intención detrás de las palabras, no hay juicio editorial, no hay voz. Solo producción de párrafos ordenados sistemáticamente.
Existe una segunda fuente de fatiga, menos obvia pero igual de desgastante: la construcción de instrucciones, los llamados prompts. Para crear este reporte, usted escribió o dictó párrafos con indicaciones sobre características, estilo y profundidad del texto. Tal vez incluyó detalles sobre el formato de las gráficas. ¿El primer resultado fue el correcto? Casi nunca lo es. Volvió a escribir las instrucciones de nuevo, y quizás lo hizo dos o tres veces más hasta que el resultado le gustó. Este fenómeno es fatiga por prompts, es real: terminamos reescribiendo y revisando instrucciones hasta que quedan listas, perdiendo en el proceso el objetivo final: generar un buen reporte que transmita una idea clara al lector.
Es importante reconocer que la IA es poderosamente útil: acelera tareas repetitivas, organiza información y genera borradores consistentes. El problema no es la herramienta, sino el desconocimiento de una estrategia para usarla sin que nos consuma. Muchos no lo dicen porque la IA es la moda, la tendencia, tema obligado en cualquier conversación. Admitir que nos agota parece una herejía tecnológica. No lo es.
¿Qué hacer entonces? Usar la IA con mayor inteligencia, con un propósito claro y una actitud más crítica, sabiendo que es una herramienta para ampliar nuestro potencial, no para sustituir nuestro juicio. Una primera propuesta es asignar bloques de tiempo definidos: en mi caso, le dedicó máximo una hora diaria. Cumplido ese tiempo, prefiero trabajar de manera manual, o coordinarme con mi equipo. La limitación no es una derrota, es una decisión estratégica.
Una segunda propuesta es separar el tiempo para pensar del tiempo para usar la IA. Las mañanas pueden reservarse para el pensamiento propio: análisis, escritura inicial, toma de decisiones. Las tardes, para usar la tecnología. Esta separación ayuda a mantener el pensamiento crítico activo y a usar la IA cuando ya se tiene claridad sobre qué se quiere producir, no como sustituto de esa claridad.
La solución no está en abandonar la IA sino en usarla con estrategia: tiempos acotados, objetivos claros, y la conciencia de que pensar es trabajo humano intransferible. La fatiga digital se combate con disciplina, no con más tecnología. Antes de abrir otra ventana del chatbot, vale la pena preguntarnos: ¿este prompt me está ahorrando tiempo? ¿o me está costando más tiempo la revisión que el pensar por mí mismo?
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La solución no está en abandonar la IA sino en usarla con estrategia: tiempos acotados, objetivos claros, y la conciencia de que pensar es trabajo humano intransferible.

