Rodrigo Sandoval Almazán

IA electoral: ley insuficiente

TecnoGob

La iniciativa de reforma electoral difundida recientemente establece, por primera vez, una regulación para el uso de inteligencia artificial en los procesos electorales en México. Presentada por el Ejecutivo Federal en febrero de 2026, la propuesta prohíbe el uso de bots automatizados en campañas políticas, regula el uso de inteligencia artificial generativa para la producción de contenidos electorales y obliga al etiquetado de los materiales generados con esta tecnología. Si bien pareciera un hecho inédito e innovador, es más bien una moda discursiva que un interés genuino por controlar esta herramienta en las elecciones mexicanas. Permítame explicarle por qué.

Esta propuesta se alinea con lo que ha impulsado el Parlamento Europeo desde 2024 y con diversas leyes estatales en Estados Unidos, aunque estas últimas son considerablemente más detalladas. Por ejemplo, varios estados norteamericanos —California, Alabama, Arizona y Nueva York— incluyen disposiciones específicas sobre el uso de deepfakes que distorsionen declaraciones o comportamientos de candidatos e induzcan al error a los votantes. Sin embargo, incluso estas leyes más avanzadas apenas rozan la superficie del problema: su alcance se limita casi exclusivamente a la mercadotecnia electoral. Son la punta del iceberg de un fenómeno mucho más profundo. Casos documentados como el de Cambridge Analytica en 2016, la manipulación algorítmica durante las elecciones de India en 2024 o la difusión de audios falsificados en Eslovaquia ese mismo año ilustran la magnitud real del desafío.

Le comparto tres elementos que respaldan por qué la regulación actual es insuficiente.

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El primero es la tentación del poder. Para cualquier gobierno que busque mantenerse en el poder, la inteligencia artificial representa una herramienta de persuasión sin precedentes: permite construir perfiles detallados de los electores —sus preferencias, miedos, consumos culturales, historial de voto— y diseñar mensajes personalizados para convencerlos. Esta capacidad de microsegmentación ya existía con el big data tradicional pero con la inteligencia artificial generativa, se vuelve más precisa, automatizada y difícil de detectar. Ninguna de las leyes vigentes contempla mecanismos efectivos para regular este nivel de personalización.

El segundo elemento tiene que ver con la integridad de los procesos computacionales. La inteligencia artificial puede intervenir en el monitoreo del proceso electoral, la contabilidad de votos, la generación de tendencias en tiempo real y la presentación de resultados. El factor humano que tradicionalmente valida y otorga certeza a estas acciones quedaría progresivamente desplazado. Ninguna legislación vigente —ni la europea, ni las estadounidenses, ni la iniciativa mexicana— contempla mecanismos para detener o auditar el uso de esta tecnología en la infraestructura misma de la elección.

El tercer elemento es quizás el más alarmante, aunque parezca propio de la ciencia ficción: los avances actuales en inteligencia artificial ya permiten que los sistemas puedan proponer decisiones en una campaña electoral, procesando en tiempo real variables demográficas, económicas, problemas sociales y tendencias políticas. Combinado con el conocimiento preciso del electorado descrito en el primer elemento, el resultado sería una estrategia electoral ejecutada por algoritmos. En los próximos años podríamos estar presenciando un duelo entre sistemas de inteligencia artificial que operan sin intervención humana.

Regular la inteligencia artificial electoral no es un asunto técnico: es una decisión sobre quién controla la democracia. México tiene la oportunidad de legislar con profundidad antes de que los algoritmos decidan por los ciudadanos. La pregunta no es si esto ocurrirá, sino si habrá leyes capaces de impedirlo cuando suceda.

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