Rodrigo Sandoval Almazán

El AIFA y la política del espejo

TECNOGOB

Una fotografía puede valer más que mil argumentos, y en la política mexicana, también puede costar más que mil errores. La polémica desatada por las imágenes del AIFA publicadas por la presidenta Sheinbaum en su cuenta de X no fue, en el fondo, sobre un aeropuerto: fue sobre algo más frágil y más decisivo, la credibilidad.

Las imágenes, cuidadosamente elegidas, mostraban al AIFA funcionando “al 100”. Sin embargo, al no precisar las condiciones exactas en que fueron tomadas, corrieron el riesgo de ser desmentidas —también usando redes sociales— por los propios pasajeros y visitantes de la terminal. El resultado fue predecible: en lugar de consolidar la narrativa oficial, las fotos pusieron en entredicho la credibilidad de la presidencia y expusieron públicamente la figura de Sheinbaum. En todo caso, ese tipo de comunicación tiene mayor efectividad cuando la difunde otro miembro del gabinete, no la titular del Ejecutivo.

Lo que hizo el diputado Federico Doring fue aprovechar la oportunidad política: llevar la discusión del debate virtual al espacio físico, del post al video, de la declaración al contraste en tiempo real. Este gesto no es nuevo, pero sí es revelador del momento que vive la oposición mexicana: ya no pelea únicamente con argumentos, sino con puestas en escena. La política como performance ha sustituido, en buena medida, a la política como deliberación.

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Esta dinámica reveló algo que va más allá del aeropuerto: basta una imagen para que cada bando vea lo que quiere ver. Unos, la obra pública que por fin despegó; otros, una operación de propaganda demasiado obvia. La clave del escándalo no estaba en las fotos mismas, sino en lo que representan: el debate no giraba en torno al AIFA, sino a la credibilidad de quienes lo administran. Y la credibilidad, en política, es un recurso muy frágil.

Una advertencia para la oposición: convertir todo en ridiculización puede ser rentable en el corto plazo, pero empobrece el debate público. Si cada política pública se reduce a un duelo de memes, videos y desmentidos, el país pierde la discusión de fondo. ¿Funciona el AIFA? ¿Con qué niveles de ocupación? Esas son las preguntas serias. Lo demás es ruido amplificado por la lógica de la confrontación permanente.

En esa disputa, el ciudadano queda atrapado entre dos relatos simplificados: uno que celebra demasiado y otro que desmiente con demasiada prisa. La consecuencia es una esfera pública cansada, saturada de versiones, pero hambrienta de hechos verificables.

En este contexto, incluso la tecnología añade una capa adicional de complejidad.

Herramientas como la inteligencia artificial pueden alterar, mejorar o fabricar imágenes con una facilidad sin precedentes. Pero el problema de fondo no es tecnológico. La manipulación de la percepción no depende únicamente de algoritmos sofisticados; sigue siendo, en esencia, una práctica profundamente humana.

Al final, el caso del AIFA ilustra una transformación más amplia: la política como espejo. Un espacio donde cada actor proyecta su propia versión de la realidad y donde la evidencia, lejos de resolver disputas, las multiplica. La pregunta ya no es solo qué es verdad, sino quién logra imponer su interpretación como la más creíble.

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