Rocío Covarrubias

Donde el dinero toca tierra: los bienes raíces en la economía mexiquense

Lobo, vaca o caballo

Un local con la cortina abajo, una nave industrial vacía o una vivienda sin habitar parecen, a primera vista, asuntos exclusivamente inmobiliarios. Pero también representan algo más: capital detenido. Cuando uno de esos espacios vuelve a tener actividad, no cambia solamente el letrero de "Se renta" o "Se vende". Alguien invierte, se contrata una mudanza o una remodelación, intervienen bancos, valuadores y notarías, se pagan impuestos y servicios, un negocio abre sus puertas o una familia convierte años de ahorro en patrimonio. Ahí está una de las características más interesantes de los bienes raíces: son el punto donde distintas partes de la economía terminan encontrándose. En el Estado de México esto adquiere una dimensión enorme. De acuerdo con el INEGI, en 2024 nuestra entidad generó el 9.1 por ciento del PIB nacional, lo que la mantiene como la segunda economía más grande del país. Además, aportó el 10.1 por ciento del valor generado por las actividades terciarias de México. Los Censos Económicos registraron cerca de 897 mil establecimientos en territorio mexiquense y actualmente existen más de 200 parques industriales. Detrás de cada una de esas cifras existe una necesidad de espacio. El crédito se convierte en una casa. El ahorro de una familia se convierte en patrimonio.

Una carretera se convierte en ventaja logística. La inversión de una empresa termina materializándose en una fábrica, una oficina o un centro de distribución. Incluso una renta permite que un negocio produzca y genere empleos sin tener que destinar todo su capital a comprar el inmueble que ocupa. Por eso los bienes raíces funcionan como un puente entre el dinero y la actividad productiva. La vivienda ofrece quizá el ejemplo más cercano. En 2024, las actividades vinculadas con este sector representaron 5.4 por ciento de la economía nacional y generaron más de 2.25 millones de puestos de trabajo. Pero su verdadero alcance se entiende al observar todo lo que ocurre alrededor de una operación: financiamiento, construcción, valuación, seguros, escrituración, remodelación, equipamiento y servicios. Y aquí aparece también la responsabilidad de quienes nos dedicamos profesionalmente a esta actividad.

El trabajo inmobiliario no debería reducirse a colocar un anuncio, enseñar una propiedad y cobrar una comisión. Nuestro verdadero valor está en disminuir la incertidumbre que separa a un inmueble del capital que podría aprovecharlo: entender cuánto está dispuesto a pagar realmente el mercado, revisar la situación jurídica, conocer las posibilidades de uso, anticipar costos y riesgos y acercar a las partes correctas. Un precio mal determinado puede mantener millones de pesos inmóviles durante meses. Una documentación deficiente puede convertir una inversión en un problema. Una operación bien estructurada, en cambio, permite que el capital que estaba detenido vuelva a circular. También debemos reconocer que no toda actividad inmobiliaria significa progreso. Construir sin planeación, comercializar sin certeza jurídica o desarrollar sin considerar servicios, movilidad y calidad de vida puede generar dinero en el corto plazo y destruir valor en el futuro. Por eso la profesionalización del sector no es solamente una cuestión de imagen: es parte de la calidad con la que crecen nuestras ciudades. Desde AMPI Metropolitana del Estado de México tenemos precisamente esa responsabilidad: ayudar a conectar patrimonio, inversión y territorio con mayor preparación, ética y certeza. Solemos hablar de la economía en pesos, millones y porcentajes. Pero, al final, una familia necesita una vivienda, una empresa necesita dónde producir y un comercio necesita dónde abrir sus puertas.

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