Ricardo Moreno

La paz también se juega en la cancha

La violencia nunca será el camino. No lo es para buscar un nuevo equilibrio mundial, no lo es para sacudirse del opresor, no lo es para redimir el dolor causado por quienes desean la dominación. Tampoco lo es en los espacios donde la pasión debería unirnos y no separarnos, como ocurre en el deporte, en la tribuna, en una cancha o detrás de una pantalla.

Lo sucedido hace unos días en un partido del Toluca nos obliga a detenernos. No para alimentar la polémica, no para señalar desde la comodidad del enojo, sino para recordar algo esencial: ninguna rivalidad deportiva, ninguna camiseta, ninguna derrota, ninguna provocación y ningún momento de tensión justifican la discriminación, el racismo o la violencia verbal.

El fútbol despierta emociones profundas. Nos hace gritar, abrazarnos, sufrir, celebrar y sentirnos parte de algo más grande. Pero cuando esa pasión se convierte en insulto, cuando la burla toca el color de piel, el origen, la familia o la dignidad de una persona, deja de ser fútbol y se convierte en violencia. Y la violencia, aunque empiece con palabras, puede crecer hasta romper comunidades enteras.

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La conquista de la libertad, la justicia y la paz debe ser siempre el triunfo de las ideas y de la razón. No hay causa noble que se defienda con odio. No hay identidad que se fortalezca humillando a otro. No hay victoria que valga la pena si para celebrarla se pierde la humanidad.

La violencia genera violencia, y en ella siempre pierden los que menos tienen, los que no pueden huir de las bombas, de las balas, de los golpes, de los insultos o de los discursos de odio. Se quedan ahí. Y si sobreviven, muchas veces se convierten en testigos de un dolor que se acumula, que se transforma en rabia y que, tarde o temprano, puede engendrar otra etapa de violencia.

Por eso debemos cortar la cadena desde el principio. Desde el grito aparentemente "inofensivo". Desde el comentario disfrazado de broma. Desde el mensaje anónimo en redes sociales. Desde esa normalización peligrosa que nos hace creer que agredir es parte del espectáculo, que discriminar es parte de la rivalidad o que insultar es una forma válida de desahogo. No lo es.

Una sociedad se mide también por la forma en que convive cuando piensa distinto, cuando apoya equipos distintos, cuando defiende causas distintas. La verdadera grandeza no está en gritar más fuerte, sino en saber respetar. No está en aplastar al otro, sino en reconocerlo como persona. No está en responder violencia con violencia, sino en tener la madurez colectiva para decir: hasta aquí.

Toluca es una ciudad de historia, de identidad, de familias, de barrio, de trabajo y de pasión. Y esa pasión debe expresarse con alegría, con orgullo y con respeto. Porque el deporte puede ser una escuela de convivencia o puede convertirse en un espejo de nuestras peores heridas. Depende de nosotros elegir qué queremos reflejar.

La paz no es silencio ante la injusticia. La paz no es quedarse inmóvil frente al racismo o la discriminación. La paz también exige alzar la voz, pero hacerlo con dignidad. Exige poner límites, educar, sancionar cuando sea necesario y construir una cultura donde nadie sea reducido a un insulto por su origen, su color de piel, su acento, su género o su forma de ser.

Que lo ocurrido sirva para algo más que una conversación pasajera. Que nos recuerde que las palabras importan, que las tribunas educan, que las redes sociales también lastiman y que cada persona tiene responsabilidad sobre lo que dice, comparte y celebra.

La paz es la vía, el camino y el fin. Y si queremos una sociedad más justa, más libre y más humana, debemos empezar por rechazar toda forma de violencia, incluso aquella que algunos intentan minimizar como si fuera parte del juego.

Porque no lo es. Nunca lo será.

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