En el Estado de México, la jornada de muchas familias comienza antes del amanecer y termina después de atravesar filas, transbordos y congestionamientos. La saturación del transporte tiene un costo que rebasa el pasaje: consume descanso, convivencia y oportunidades. Recuperar ese tiempo debe ser una prioridad de la transformación y una medida concreta del bienestar. Quien vive en Ecatepec, Nezahualcóyotl, Chimalhuacán o Chalco conoce la dificultad de llegar a trabajar, estudiar o recibir atención médica en la Ciudad de México. Para estas familias, las fronteras administrativas no resuelven nada. Su vida transcurre en una misma metrópoli, aunque los servicios todavía exigen conexiones complicadas y recorridos que pueden convertirse en una segunda jornada.
Los trenes, el Mexibús y el Mexicable ofrecen herramientas para responder a esa realidad. La conexión ferroviaria entre Buenavista y el AIFA muestra las posibilidades de ampliar la movilidad metropolitana. Pero cada avance debe valorarse desde la experiencia del usuario: cuánto espera, cuánto paga, cuántas veces transborda y en qué condiciones llega a su destino. Desde la perspectiva de la Cuarta Transformación, modernizar significa poner la infraestructura al servicio de quienes más la necesitan. El esfuerzo encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum y la gobernadora Delfina Gómez debe traducirse en una red accesible, segura y articulada. Reconocer esa orientación también exige señalar pendientes y escuchar a quienes enfrentan diariamente unidades saturadas. En el Mexibús, la respuesta requiere ajustar frecuencias a la demanda, mantener las unidades, proteger los carriles exclusivos y mejorar estaciones y accesos. Una línea puede tener infraestructura valiosa y, aún así, ofrecer un servicio insuficiente cuando falla la operación. Construir y conservar deben formar parte de una misma responsabilidad pública, con presupuesto y seguimiento permanente. El Mexicable permite pensar soluciones para comunidades donde la geografía dificulta los desplazamientos. Su utilidad aumenta cuando las estaciones se conectan con rutas alimentadoras, banquetas transitables y espacios iluminados. También debemos asegurar accesibilidad para personas con discapacidad, adultos mayores y familias con niñas y niños. La modernización debe poder utilizarse sin barreras y con dignidad. La conectividad con la capital demanda acuerdos estables entre los gobiernos federal, estatal, municipales y de la Ciudad de México. Necesitamos coordinar horarios, simplificar pagos, facilitar transbordos y ofrecer información comprensible. El ciudadano debe encontrar continuidad entre trenes, Metro, Mexibús y transporte local. Cada enlace mal resuelto multiplica gastos, incertidumbre y tiempo perdido para los trabajadores.
Como médico, considero indispensable mirar la movilidad desde la salud pública. Viajar con agotamiento, tensión y exposición a contaminantes afecta el bienestar cotidiano. Por eso, invertir en transporte colectivo también debe acompañarse de desarrollo urbano: acercar empleos, escuelas, hospitales y servicios a las comunidades. Ninguna familia debería organizar toda su existencia alrededor de desplazamientos excesivos. Nuestra responsabilidad es convertir las obras en mejoras comprobables. Debemos publicar resultados sobre tiempos de espera, regularidad, seguridad y satisfacción de los usuarios, y corregir donde persisten fallas. La transformación se fortalece cuando se rinden cuentas. El objetivo es sencillo y profundamente humano: que las familias mexiquenses lleguen seguras, gasten menos y recuperen tiempo para vivir.
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