El relevo en la Secretaría General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) abre una discusión que trasciende nombres y regiones: la necesidad de renovar el liderazgo global en un contexto marcado por conflictos prolongados, tensiones geopolíticas y signos de desgaste democrático. En este escenario, las prioridades de la mayor institución del multilateralismo son claras: reforzar el papel mediador del organismo en disputas internacionales, garantizar el respeto a los acuerdos multilaterales, ajustar su estructura presupuestaria y, de manera cada vez más urgente, romper inercias históricas que han limitado el acceso de las mujeres a los más altos cargos de decisión.
La eventual sucesión de António Guterres en la Secretaría General de la ONU ha colocado en el centro del debate la candidatura de Michelle Bachelet. Su perfil, marcado por la experiencia en la presidencia de Chile y en organismos internacionales, representa una posibilidad concreta de redefinir el liderazgo global desde una perspectiva que combine pragmatismo político y sensibilidad social. Sin embargo, la decisión del gobierno chileno de retirar su apoyo ha reconfigurado el tablero diplomático, evidenciando que las dinámicas internas de los Estados siguen siendo determinantes incluso en procesos de alcance global.
A pesar de este revés, la candidatura de Bachelet mantiene respaldo en países clave de América Latina, como Brasil y México, lo que refleja una apuesta regional por posicionar liderazgos propios en el sistema multilateral. No obstante, la fragmentación ideológica en la región dificulta la construcción de consensos amplios. La falta de alineación con gobiernos como los de Argentina, Ecuador o Perú ilustra los límites de una estrategia que, aunque ambiciosa, enfrenta un entorno político altamente polarizado.
Más allá de la coyuntura regional, el proceso de sucesión tiene un componente histórico: por primera vez, una mujer podría ocupar la Secretaría General de la ONU. De los cinco perfiles en contienda, tres corresponden a mujeres con trayectorias consolidadas en la arena internacional: además de Bachelet, la economista costarricense Rebeca Grynspan y la diplomática argentina Virginia Gamba. Este hecho no es menor: refleja una transformación gradual, pero consistente, en la percepción del liderazgo femenino como una opción no solo viable, sino necesaria en contextos de alta complejidad.
El avance de las mujeres hacia posiciones de liderazgo global no es exclusivo del ámbito político. Incluso instituciones tradicionalmente conservadoras han comenzado a reflejar este cambio. La designación de Sarah Mullally como Arzobispa de Canterbury marca un precedente en más de cinco siglos de historia de la Iglesia de Inglaterra. En un mundo atravesado por crisis múltiples, el liderazgo femenino no solo simboliza la ruptura de un techo de cristal largamente cuestionado, sino también la oportunidad de incorporar enfoques distintos, más inclusivos, dialogantes y orientados a la construcción de consensos en la conducción de los asuntos globales.
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