Existen responsabilidades públicas cuyo verdadero peso sólo puede comprenderse cuando llegan los momentos complejos. Encabezar un país implica administrar, gobernar y tomar decisiones; pero también significa representar su soberanía, defender sus intereses y saber mantener la serenidad cuando las circunstancias externas pretenden modificar el rumbo de sus decisiones. Desde octubre de 2024, México vive un hecho sin precedentes: por primera vez en nuestra historia, una mujer ocupa la Presidencia de la República y, con ello, ejerce como Comandanta Suprema de las Fuerzas Armadas. No se trata únicamente de un símbolo de igualdad. La responsabilidad constitucional de disponer de nuestras Fuerzas Armadas para preservar la seguridad nacional y la defensa exterior representa una de las mayores expresiones de autoridad y responsabilidad del Estado mexicano. Claudia Sheinbaum ha debido ejercer esa responsabilidad en un escenario internacional especialmente complejo.
La relación con Estados Unidos atraviesa temas tan sensibles como la seguridad fronteriza, el tráfico de drogas y armas, la migración, el comercio y la actuación de los grupos delictivos transnacionales. A ello se suma una política estadounidense que ha incrementado su presencia y presión. México no puede ignorar esa realidad. Estados Unidos es nuestro principal socio comercial, compartimos más de tres mil kilómetros de frontera y existen problemas que únicamente pueden enfrentarse mediante la cooperación entre ambos países. Pero cooperar no significa obedecer. Creo que ahí se encuentra uno de los aspectos más relevantes de la conducción que ha mantenido la Presidenta: comprender que la firmeza diplomática no necesita de estridencias.
Frente a las propuestas para permitir operaciones de fuerzas estadounidenses dentro del territorio nacional, su respuesta ha sido clara: México acepta coordinación, intercambio de información y cooperación en seguridad, pero las operaciones en nuestro territorio corresponden a las instituciones mexicanas. Esa posición se ha sintetizado en cuatro principios que me parecen fundamentales para entender la política exterior actual: respeto a la soberanía y a la integridad territorial; responsabilidad compartida y diferenciada; respeto y confianza mutua; y cooperación sin subordinación. Ser Comandanta Suprema adquiere entonces un significado que trasciende las ceremonias militares. Significa conducir instituciones fundamentales para la seguridad nacional bajo el orden constitucional y, al mismo tiempo, asumir la responsabilidad política última sobre decisiones que pueden comprometer la soberanía del país.
Desde su primera salutación ante las Fuerzas Armadas, la Presidenta estableció además un principio esencial: nunca ordenar una actuación que vulnere la Constitución o los derechos humanos del pueblo mexicano. En ese equilibrio encuentro una de las responsabilidades más complejas de la Presidencia: saber dialogar sin doblegarse y defender sin aislarse. Especialmente ahora, cuando la política internacional parece volver a privilegiar las demostraciones de fuerza sobre la construcción de acuerdos. En política exterior, levantar la voz no siempre significa tener mayor autoridad. A veces la verdadera fortaleza consiste en mantenerla firme, conservar el diálogo y saber decir que no cuando aquello que está en juego es la dignidad de un país.
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