El Super Bowl es mucho más que la final del deporte más popular en Estados Unidos; es un fenómeno cultural que paraliza al país cada año, convocó a más de 135 millones de espectadores y funciona casi como un feriado nacional extraoficial. Aunque para la mayor parte de Latinoamérica el fútbol americano, no forma parte del repertorio cotidiano, el evento ha trascendido sus orígenes deportivos para convertirse en un espectáculo global que integra música, consumo cultural y diálogos sobre identidad e inclusión.

La creciente presencia de aficionados latinos, tanto en Estados Unidos como fuera de él, y la propia adaptación del contenido del espectáculo reflejan cómo este rito estadounidense ha ido incorporando voces diversas, transformándose en un espacio donde también se reconocen expresiones culturales más amplias de nuestro continente.

En este sentido, la soberanía no siempre se expresa en discursos oficiales ni en tratados internacionales. A veces aparece donde menos se espera: en un escenario, en una canción, en un gesto que interpela más que cualquier consigna, desde Michael Jackson hace más de 30 años al interpretar Heal the world, hasta Kendrick Lamar con All the stars el año pasado, han demostrado que lo que ocurre durante el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, no es sólo un evento de entretenimiento.

Bad Bunny, el llamado "Conejo Malo, no ocupó ese escenario únicamente como artista. Lo hizo como portavoz de una América que históricamente ha sido narrada por otros. Una América plural, migrante, mestiza, que no cabe en una sola lengua ni en una sola bandera. Asentando así una expresión simbólica de soberanía en su forma más contemporánea: la que se ejerce desde la identidad, la memoria y la dignidad colectiva y que no busca confrontar, sino afirmar: recordar que la cultura también es territorio, y que ese territorio no se concede.

La presencia de figuras como Lady Gaga y Ricky Martin en ese mismo escenario terminó de reforzar una idea que ya no puede ignorarse: lo latino no es ajeno ni periférico, es parte constitutiva de la cultura contemporánea de Estados Unidos. Cuando una artista global como Lady Gaga se aproxima, sin caricatura ni condescendencia, a códigos, ritmos y gestos latinos, no se trata de apropiación cultural sino del reconocimiento a una realidad que ya existe. Cuando Ricky Martin, abiertamente miembro de la comunidad LGBTTTIQ+, interpreta una canción que remite al despojo histórico de territorios como Hawái, el mensaje se profundiza: la identidad latinoamericana también es diversidad, memoria y resistencia. Ambos momentos dialogan entre sí porque muestran que lo latino no es lo otro, ni lo distinto, sino una expresión viva que convive, transforma y redefine el centro mismo del relato cultural hispanoamericano.

Sin duda, uno de los momentos más sensibles recayó en el gesto de entregar simbólicamente el Grammy a un niño que referenciaba al pequeño migrante que estuvo en riesgo de ser llevado por ICE y que identificaba al propio artista en su infancia, confesó una verdad incómoda: detrás de las políticas migratorias hay infancias invisibilizadas, vidas deshumanizadas, y futuros con zozobra.

Quizá por ello la figura del Conejo Malo ha sido satanizada por ciertos sectores políticos en Estados Unidos. Cuando el arte pone rostro a las consecuencias de las decisiones del poder, incomoda. Y cuando incómoda, se intenta deslegitimar. Convertir a un artista en enemigo público no es nuevo; lo que cambia es el motivo: ya no es por lo que canta, sino por lo que representa.

Desde una perspectiva política humanista, este episodio nos obliga a reflexionar sobre la soberanía en el siglo XXI. Ya no basta con defender fronteras; es necesario defender a las personas. Ya no basta con hablar de Estado; hay que hablar de pueblos. Como planteó Rousseau, la soberanía reside en el pueblo y es inalienable. No puede ser anulada por discursos de odio.

El llamado soberano del Conejo Malo, lo hizo un joven de 31 años, Benito Antonio Martínez Ocasio, que se plantó y cantó en español frente a más de cien mil personas de habla anglosajona y de todas las clases sociales estadounidenses: desde familias, hasta celebridades.

Lo hizo desde un pequeño cañaveral levantado en California, acompañado por voces y rostros latinoamericanos que hoy representan una nueva generación cultural y, a pocos kilómetros de una de las comunidades latinas más grandes de Estados Unidos, esa misma de la que Octavio Paz describió hace más de medio siglo y cuya vigencia sigue intacta.

Ahí el símbolo de humanidad se vivió en pueblos que cantan unidos por su dignidad, en generaciones que sin importar su raza se abrazan para bailar, en millones de latinos que vivimos con orgullo ser soldados de Bolívar y, sobre todo, en un gobierno que se enmudeció al ritmo de quienes ha tenido amenazados. Allí, sin proclamas tajantes y con banderas, la cultura volvió a decir lo que la política a veces olvida: que la soberanía también se ejerce cuando un pueblo se reconoce, sin necesitar traducción, ni pasaporte con una visa.

Síguenos en nuestras redes sociales:

Instagram: , Facebook: y X:

Google News

TEMAS RELACIONADOS