Hay profesiones que se ejercen con la razón y otras que inevitablemente también se abrazan con el corazón. El Derecho pertenece a ambas. Y cuando una mujer decide dedicar su vida a esta profesión, no solo estudia leyes: aprende a escuchar el dolor, a enfrentar la desigualdad y a sostener la esperanza de quienes buscan justicia.
Cada 12 de julio celebramos el Día de la Abogada y el Abogado. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a mirar el rostro femenino de la justicia. Tal vez porque las abogadas no siempre hacen ruido. Su trabajo suele quedar escrito en expedientes, sentencias, asesorías, conciliaciones o largas jornadas de estudio que rara vez ocupan los titulares. Pero ahí están, cambiando vidas desde el silencio de su vocación.
Themis, la diosa de la justicia, sostiene una balanza para recordar el equilibrio y una espada para representar la firmeza de la ley. Muchas veces la imaginamos con los ojos vendados, símbolo de imparcialidad. Sin embargo, si pudiera caminar entre nosotros, seguramente encontraría en miles de abogadas un reflejo de su esencia: mujeres que equilibran la técnica jurídica con la sensibilidad humana; que entienden que detrás de cada expediente existe una historia, una familia y un futuro.
Ser abogada implica mucho más que conocer códigos o citar artículos. Significa defender principios incluso cuando hacerlo resulta incómodo. Significa levantar la voz por quienes no pueden hacerlo, acompañar a víctimas, orientar a personas que enfrentan incertidumbre y recordar que el Derecho tiene sentido únicamente cuando protege la dignidad humana.
En las últimas décadas, las mujeres han transformado profundamente la profesión jurídica. Han abierto espacios en tribunales, universidades, notarías, fiscalías, organismos públicos, organizaciones civiles y despachos. Han demostrado que el liderazgo también puede construirse desde la empatía, la escucha y la convicción.
Pero el reconocimiento todavía no siempre llega con la misma fuerza. A menudo celebramos las grandes resoluciones y olvidamos las incontables horas de preparación, las audiencias interminables, los sacrificios personales y los desafíos que muchas enfrentan para abrirse camino en una profesión históricamente ocupada por hombres.
Todavía queda mucho por hacer. La justicia sigue enfrentando enormes retos: desigualdad, violencia, discriminación y acceso limitado para miles de personas. Frente a ello, el compromiso de las abogadas continúa siendo indispensable. Porque cada caso ganado con ética fortalece el Estado de Derecho. Cada persona asesorada con respeto recupera un poco de confianza. Cada derecho defendido construye una sociedad más libre.
Hoy esta columna no es solo una felicitación. Es un reconocimiento a esas mujeres cuya mayor satisfacción no siempre es recibir un aplauso, sino saber que alguien pudo dormir más tranquilo porque encontró en ellas orientación, defensa o esperanza.
Que nunca dejemos de valorar su trabajo. Porque la justicia necesita leyes, sí, pero también necesita mujeres capaces de convertirlas en un puente hacia la dignidad.
Feliz Día de la Abogada. Que la voz de Themis siga encontrando eco en cada una de ustedes y que su ejemplo inspire a las nuevas generaciones a ejercer el Derecho con conocimiento, valentía y profundo sentido humano.
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