Durante años, las mujeres han sostenido la economía desde los márgenes: pequeños negocios, talleres improvisados, comercios familiares y servicios que nacen más por necesidad que por oportunidad. En el Estado de México, esa realidad comienza a transformarse, al menos en el papel, con una decisión fiscal que merece atención y lectura profunda.
La Ley de Ingresos del Estado de México para 2026 incorpora un estímulo inédito: un subsidio del 100 por ciento en el Impuesto sobre Erogaciones por Remuneraciones al Trabajo Personal para mujeres jefas de familia que sean titulares de micronegocios con hasta tres personas trabajadoras. No es sólo un incentivo económico; es un reconocimiento político a una realidad históricamente ignorada.
Hablamos de mujeres que emprenden mientras cuidan, que generan empleo mientras sostienen hogares, que administran nóminas pequeñas con márgenes mínimos. Para ellas, el impuesto sobre salarios no es una cifra técnica: es una decisión mensual entre cumplir con el fisco o reinvertir en su negocio.
Este estímulo, previsto en el Artículo 11 de la iniciativa, tendrá una vigencia de 12 meses en 2026 y podrá aplicarse una vez que la beneficiaria lo manifieste en su declaración fiscal correspondiente, conforme a las reglas que emitirá la Secretaría de Finanzas estatal. Las reglas llegarán, como suele ocurrir, después del anuncio. Ahí estará la verdadera prueba de accesibilidad.
Pero incluso antes de su implementación, el mensaje es potente: la política fiscal puede tener perspectiva de género.
Un impuesto deja de ser una carga y se convierte en oportunidad.
Este beneficio no llega solo. Forma parte de un paquete más amplio de estímulos para quienes generen empleo, contraten a personas en situación de vulnerabilidad, impulsen la cultura, el deporte o incluso la protección animal. Sin embargo, el enfoque específico hacia mujeres jefas de familia marca una diferencia simbólica y estructural.
Porque no se trata únicamente de recaudar, sino de redistribuir con justicia. De entender que no todas las unidades económicas parten del mismo lugar. Que la neutralidad fiscal, muchas veces, perpetúa desigualdades.
Desde esta Alquimia Femenina, vale la pena subrayar algo: el verdadero impacto de esta medida dependerá de que las reglas sean claras, accesibles y sin laberintos burocráticos. De nada sirve un estímulo progresista si se queda atrapado en trámites imposibles.
Aun así, este paso abre una conversación necesaria: ¿qué pasaría si el diseño fiscal partiera de la vida real de las mujeres? Quizá entonces la economía dejaría de ser un espacio hostil y se convertiría, por fin, en un terreno donde también podamos prosperar.
Sí el estado reconoce el trabajo invisible de las mujeres, no solo recauda menos: invierte mejor.
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