Hay una verdad que pocas veces se dice con suficiente fuerza: un padre no solamente provee. Un padre también educa con su ejemplo, protege con su presencia, fortalece con sus palabras y deja una huella que acompañará a sus hijos durante toda la vida.
Durante décadas hemos escuchado que el hombre es el proveedor del hogar. Sin embargo, reducir la paternidad únicamente al aspecto económico es ignorar la enorme responsabilidad emocional, ética y social que implica formar una familia. Un padre construye seguridad cuando cumple su palabra, genera confianza cuando está presente y enseña valores cuando sus acciones coinciden con lo que exige de sus hijos.
Existen miles de historias de hombres que, quizá sin grandes privilegios ni fortunas, entregaron lo mejor de sí. Padres que trabajaron jornadas interminables para que sus hijas e hijos estudiaran, que sacrificaron sueños personales para abrir oportunidades a la siguiente generación, que hicieron de la honestidad, el esfuerzo y la disciplina la mayor herencia para sus familias. Gracias a ellos, hoy muchas mujeres tienen una profesión, muchas personas lograron romper ciclos de pobreza y muchas familias encontraron estabilidad.
Esa labor merece reconocimiento. Porque educar también es amar. Porque proveer no siempre significa llenar una casa de lujos, sino procurar que nunca falten oportunidades, principios y esperanza.
Pero también es necesario hablar del otro lado de la historia.
La ausencia de un padre deja heridas profundas. Si la ausencia materna resulta devastadora, la ausencia paterna también marca de manera significativa el desarrollo emocional de niñas, niños y adolescentes. No siempre hablamos de una ausencia física; también existe la ausencia emocional de quien está presente, pero permanece indiferente, distante o incapaz de brindar afecto, guía y protección.
Más dolorosa aún es la ausencia provocada por decisiones conscientes: abandonar a la familia, ejercer violencia, humillar, manipular o convertir el hogar en un espacio de miedo. Ninguna persona llega al mundo preparada para comprender esas conductas, y con frecuencia son los hijos quienes terminan cargando culpas que jamás les correspondieron. Muchos crecen preguntándose qué hicieron mal para que su padre se fuera, por qué su familia se rompió o por qué el amor terminó convirtiéndose en violencia.
La realidad es que ninguna niña o niño debe cargar con el peso de decisiones que pertenecen únicamente a los adultos.
Cuando un hombre ejerce violencia contra su pareja, no lastima solamente a una mujer. También hiere el desarrollo emocional de sus hijos, afecta su autoestima, modifica su manera de relacionarse con el mundo y, en muchos casos, normaliza conductas que podrían repetirse en futuras generaciones. La violencia nunca permanece entre dos personas; se expande silenciosamente hacia toda la familia.
Por ello, hablar de nuevas masculinidades también significa reconocer que la fortaleza de un hombre no se mide por el control que ejerce, sino por la responsabilidad con la que ama, protégé y acompaña. La autoridad jamás debe confundirse con autoritarismo, ni el liderazgo con el miedo.
Reconozco profundamente a esos hombres que han decidido ponerse el sombrero de la responsabilidad todos los días; a quienes regresan cansados del trabajo y aun así encuentran tiempo para escuchar a sus hijos; a quienes enseñan con el ejemplo que pedir perdón también es un acto de valentía; a quienes entienden que ser padre es una decisión que se honra todos los días y no únicamente una condición biológica.
Y también hago un llamado respetuoso a quienes han elegido otro camino. A quienes abandonaron, violentaron o dejaron de cuidar a sus familias. Nunca es tarde para asumir la responsabilidad de los propios actos. La libertad personal nunca puede construirse sobre el abandono, el miedo o el sufrimiento de quienes alguna vez depositaron su confianza en nosotros.
La familia continúa siendo uno de los pilares más importantes de nuestra sociedad, pero solamente puede cumplir esa función cuando existe respeto, seguridad y amor. Permanecer juntos nunca debe ser más importante que vivir libres de violencia. Un hogar sano no es aquel donde nunca existen diferencias, sino aquel donde los conflictos se resuelven sin agresiones y donde cada integrante puede crecer sintiéndose protegido.
Porque cuando verdaderamente se ama, no se humilla. No se golpea. No se abandona. No se destruye.
Se acompaña, se cuida, se educa y se construye.
Al final, las hijas y los hijos no recordarán únicamente lo que sus padres les dieron materialmente. Recordarán cómo los hicieron sentir. Y esa será, quizá, la herencia más valiosa o la cicatriz más profunda que una generación pueda dejar a la siguiente.
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