En México, uno de los factores más determinantes y menos reconocidos en la vida económica de las mujeres es el trabajo no remunerado: aquellas tareas que sostienen la vida familiar y comunitaria pero que no se remuneran con salario ni beneficios laborales. Este trabajo incluye cocinar, limpiar, hacer compras, cuidar a niños, personas adultas mayores o con discapacidad, actividades voluntarias en beneficio de la comunidad.
Los datos oficiales más recientes del INEGI (Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo 2024) muestran que las mujeres destinan cerca del 65 a 66.8 por ciento de su tiempo laboral semanal a trabajo no remunerado, el doble que los hombres, dejan menos espacio para actividades remuneradas, educación o descanso.
En cifras concretas, las mujeres dedican alrededor de 39.5 horas semanales a trabajo no remunerado en actividades domésticas, de cuidado y comunitarias, mientras que los hombres realizan solo 18.2 horas en promedio. Esta disparidad no sólo representa una injusticia en la distribución de responsabilidades, sino que tiene profundas implicaciones económicas, sociales y personales.
El trabajo no remunerado que realizan las mujeres en México tiene un valor económico enorme. Según datos del INEGI, este trabajo alcanzó aproximadamente 8 billones de pesos en 2024, lo que equivale a cerca del 24 a 26 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) del país — una proporción mayor o similar a la de sectores formales como manufactura o comercio. Esto significa que, si se contabilizará como actividad económica formal, el trabajo doméstico y de cuidados sería uno de los pilares fundamentales de la economía mexicana.
Pese a esta contribución, no se traduce en autonomía económica, protección social ni beneficios laborales para las mujeres. La necesidad de dedicarse a estas labores limita su participación en el mercado de trabajo remunerado y reduce sus oportunidades de desarrollo profesional, acceso a pensiones o seguridad económica futura.
Este impacto es aún mayor para mujeres que enfrentan otras desventajas: en áreas rurales e indígenas las brechas de horas dedicadas a trabajo no remunerado son más grandes, muchas veces estas mujeres carecen de acceso a servicios públicos de cuidado o apoyo comunitario.
Reconocer el valor del trabajo no remunerado no es solo una cuestión de justicia, es una estrategia económica y social necesaria. Si se lograra redistribuir estas labores de manera más equitativa entre hombres y mujeres, así como políticas públicas efectivas (infraestructura de cuidado, licencias parentales compartidas, servicios comunitarios y reconocimiento legal del trabajo doméstico), se abrirán oportunidades para que más mujeres participen en empleos formales y mejor remunerados.
Además, reconocer formalmente estas contribuciones en estadísticas y políticas públicas permitiría que economías como la mexicana crezcan de manera más sostenible y justa, integrando un recurso que hoy está "invisible" en las cuentas oficiales, aunque esencial para la vida diaria.
El trabajo no remunerado es un motor silencioso de la economía mexicana, un motor que gira gracias sobre todo al esfuerzo de las mujeres, pero que aún no recibe el reconocimiento, la valoración ni el apoyo que merece.
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