Acabó el que muchos llaman "periodo de aprendizaje", los llamados gobiernos municipales ya deben tener claro que la política dejó de ser promesa y se convierte en prueba. Ya no alcanzan los meros discursos ni las fotos de inauguración: lo que está en juego es ver si están gobernando para resolver la vida cotidiana de la gente o solo para sostener una narrativa que les permita sobrevivir al siguiente proceso electoral.
Entre cifras oficiales, obras emblemáticas y una ciudadanía que sigue viviendo con miedo y carencias, hoy se empieza a medir quién vino a servir y quién vino a figurar.
La esencia del político -que en teoría debe servir de puente entre la ciudadanía y el diseño de políticas públicas- parece haberse difuminado en la práctica cotidiana. En muchos municipios, las prioridades de gobierno se han concentrado en la visibilidad, en el "impacto" mediático, en la foto con la maquinaria o el banderazo de obra, mientras que problemas estructurales como la seguridad o el acceso a servicios básicos continúan sin resolverse de fondo.
Un buen ejemplo es la seguridad pública, el tema que más preocupa a la población. En el Estado de México, las cifras oficiales muestran avances: reducción de 25 por ciento en delitos de alto impacto y 33 por ciento en homicidio doloso.
Sin embargo, esta mejoría en las estadísticas no se traduce necesariamente en tranquilidad en las calles. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), la percepción de inseguridad sigue siendo alta en la entidad, con 74 por ciento, a pesar de la disminución en 14 puntos porcentuales en el último trimestre de 2025. Aunque municipios como Ecatepec, Naucalpan, Chimalhuacán, Cuautitlán Izcalli y Tlalnepantla, en lo particular, están por arriba del 80 por ciento.
Esta brecha: estadísticas "bajando" y percepción social "alta", revela algo profundo: la seguridad no se reduce solo con operativos y números a favor, sino con la sensación de bienestar que vive la gente día a día. La confianza ciudadana se construye en los barrios, en las calles que recorren madres con sus hijos, en el transporte público y en la cercanía de la policía con la comunidad.
Mismo reto enfrentan proyectos de gran visibilidad como el Plan Integral Zona Oriente o la reconstrucción del Periférico Norte. Iniciativas necesarias pero cuya percepción real de impacto depende de que se vinculen con soluciones cotidianas: mejor transporte, empleo y espacios públicos seguros. La gente no sólo quiere obras "espectaculares"; quiere que su barrio sea un lugar mejor para vivir, no escenario de TikTok o un tuit.
El aplauso fácil en redes sociales no sustituye el arduo trabajo de construir confianza ciudadana a partir de resultados tangibles. Al final, la política recupera su sentido cuando la gente deja de vivir con miedo y empieza a vivir con esperanza, con experiencias diarias de seguridad, desarrollo y justicia. Ese es el verdadero termómetro de un político: no los reflectores que lo iluminan, sino las vidas que transforma.

