En los pasillos de la Facultad de Estudios Superiores Aragón de la UNAM, fundada hace 50 años al oriente del Valle de México -específicamente en Nezahualcóyotl-, la comunicación no se enseña como una simple técnica, sino como una forma de leer el mundo. La licenciatura en Comunicación y Periodismo que aquí se imparte tiene un prestigio que no sólo descansa en la tradición universitaria, sino en una formación que combina teoría, investigación y práctica periodística en un entorno históricamente vinculado a los problemas metropolitanos.
Cada año, la Semana de la Comunicación en Aragón funciona como un espejo incómodo: lo que se discute en las aulas -ética, método, narrativa- contrasta con lo que ocurre fuera. Ahí, egresados y especialistas insisten en una idea recurrente: el periodismo no sobrevive sin método, sin contraste, sin contexto. Pero ejercerlo en el Estado de México implica navegar entre presiones políticas, precariedad laboral y una transformación acelerada del ecosistema mediático.
En la entidad, la comunicación institucional ha evolucionado hacia esquemas más profesionalizados, con uso de métricas, segmentación de audiencias y estrategias digitales. Sin embargo, esta sofisticación no ha resuelto una tensión estructural: la cercanía entre información pública y propaganda. En muchos casos, la narrativa gubernamental no sólo informa, sino que busca encuadrar la percepción social, reduciendo los márgenes de crítica.
El periodismo mexiquense, por su parte, opera en condiciones complejas. A las dificultades nacionales -violencia, dependencia económica de la publicidad oficial y debilidad de los medios locales- se suma la fragmentación del territorio: cubrir el Estado de México es cubrir realidades múltiples, desde zonas urbanas densamente pobladas hasta regiones con limitada infraestructura mediática. Esto obliga al periodista a adaptarse, a ser reportero, productor y, cada vez más, gestor de su propia plataforma digital.
La irrupción de las redes sociodigitales ha modificado las reglas del juego. Hoy, la información compite con narrativas inmediatas, emocionales y muchas veces desinformadas. El periodista ya no sólo verifica hechos: también disputa atención. En procesos recientes, como las elecciones estatales, se ha evidenciado una creciente personalización de los mensajes políticos y la construcción de comunidades digitales que reconfiguran la conversación pública.
En ese contexto, la formación en la FES Aragón adquiere un nuevo sentido. No basta con aprender a redactar o producir contenidos; se trata de entender las estructuras de poder que atraviesan la comunicación. El egresado no sólo debe informar, sino interpretar un entorno donde la verdad compite con la velocidad.
Así, entre aulas universitarias, oficinas de prensa y redacciones precarizadas, la comunicación en el Estado de México se ejerce como un campo en disputa. Uno donde el reto no es únicamente tecnológico, sino profundamente ético: sostener la vocación de informar en un territorio donde lo público se redefine todos los días.
De eso se trata esta Semana de la Comunicación, que concluye este viernes 27 de marzo, día en que estaremos presentes para compartir con la comunidad universitaria y cuyas actividades se pueden seguir en las redes sociales de la facultad.
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