Miguel Ángel Ramos

La lección del Monte de las Cruces para 2027

MexiquenSer

Este 30 de octubre, la conmemoración de la Batalla del Monte de las Cruces devuelve una pregunta incómoda a la historia: ¿de qué sirve ganar una batalla si no se sabe qué hacer con la victoria?

En 1810, las fuerzas insurgentes de Miguel Hidalgo e Ignacio Allende derrotaron a los realistas en las inmediaciones de lo que hoy es La Marquesa, en el Estado de México. La Ciudad de México estaba cerca y el movimiento independentista vivía uno de sus momentos de mayor fuerza. Sin embargo, Hidalgo decidió no avanzar.

Aún hay polémica sobre el porqué de esa decisión. Que argumentó falta de municiones y los riesgos de atacar la capital. Allende habría preferido continuar. ¿Fue prudencia o una oportunidad perdida? La discusión permanece abierta, pero los hechos posteriores marcaron el rumbo: el 7 de noviembre, los insurgentes fueron derrotados en Aculco; las diferencias entre sus dirigentes se agravaron y, meses después, terminaron capturados y fusilados.

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La Independencia no se perdió en el Monte de las Cruces, pero la retirada abrió una etapa de retrocesos. Ganar no bastaba: había que decidir qué hacer con la ventaja conseguida.

La reflexión cobra actualidad cuando México entra de lleno en la ruta electoral de 2027. El 6 de junio del próximo año se renovarán las 500 diputaciones federales, además de miles de cargos locales. En el Estado de México estarán en disputa el Congreso local y los 125 ayuntamientos.

En los meses por venir, las encuestas, las alianzas, las negociaciones y la definición de candidaturas ocuparán buena parte de la conversación política. Para los partidos, conseguir posiciones será una medida de fuerza; para los aspirantes, obtener una candidatura puede parecer una victoria. Pero ninguna de esas conquistas garantiza, por sí sola, respaldo ciudadano duradero ni buenos gobiernos.

La lección del Monte de las Cruces no consiste en exigir que los liderazgos avancen a cualquier precio. Consiste en entender que cada decisión tiene consecuencias y que la prudencia puede ser necesaria, pero también puede convertirse en parálisis; que una victoria puede abrir oportunidades, pero las divisiones internas y los errores de cálculo pueden reducirlas.

En tiempos electorales, el riesgo es confundir la disputa por el poder con el propósito de ejercerlo. No basta con el respaldo popular ni la gracia de los grandes influyentes. Las campañas pueden multiplicar promesas, adhesiones y cifras; lo difícil es convertirlas en seguridad, servicios, infraestructura y mejores condiciones de vida. Ahí se mide la distancia entre conquistar el terreno y transformar la realidad.

Todos y todas pueden aspirar, pero antes habría que hacer una introspección más que un balance de intereses.

Hidalgo no podía conocer el desenlace de la guerra. Juzgarlo desde el presente sería injusto. Pero recordar su decisión permite formular una pregunta a quienes hoy buscan el voto: ¿tienen una estrategia para después del triunfo o su horizonte termina en las urnas?

Porque en la historia, como en la política, no basta con llegar a las puertas del poder. Lo decisivo es saber para qué se quiere conquistar y qué se hará con él.

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