Miguel Ángel Ramos

La huella de Hidalgo en el Edomex

MexiquenSer

El 30 de julio de 1811, en Chihuahua, fue fusilado Miguel Hidalgo y Costilla. Tenía 58 años. Había sido cura, revolucionario, general, hereje y símbolo. Pero antes de ese desenlace, su camino insurgente dejó huella en una tierra que, aún hoy, es nervio y encrucijada del país: el Estado de México.

Cuando cruzó este territorio, en noviembre de 1810, lo hizo con la fuerza de un alud. Venía de tomar Guanajuato y Valladolid, y de reunir a miles de hombres que no sabían de estrategia militar, pero sí de hambre y esperanza. El Edomex era entonces, como ahora, el umbral de la capital. Y por eso, indispensable.

Aquí libró su mayor éxito en el campo de batalla, pero también el primer gran descalabro que marcó su destino y el de la revuelta que inició.

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En el Monte de las Cruces, el 30 de octubre, en lo que hoy es La Marquesa, obtuvo una victoria inesperada, donde los insurgentes demostraron que podían doblegar al ejército virreinal. Pero también decidió lo que aún es polémica: replegarse, en lugar de ir por la toma de la Ciudad de México.

Fue así que, siete días después, en Aculco sufrió una derrota amarga, con innumerables bajas y deserciones, y diferencias entre los líderes insurgentes. Días antes, en Ixtlahuaca, recibió la excomunión firmada por el obispo Abad y Queipo. En el Edomex vivió, en apenas días, el ascenso, la duda, la caída y la condena.

¿Y si Hidalgo cruzara hoy esta tierra, 215 años después?

No encontraría cañones ni fusiles. Vería avenidas amplias -muchas llenas de baches-, cerros habitados, barrios y calles, puentes con su nombre, y estatuas donde aparece con el brazo en alto y el estandarte guadalupano.

En Toluca lo recibirían con un desfile de estudiantes, quizá con una ceremonia en el Cosmovitral. En el Valle de México lo esperaría una mezcla de nostalgia y lucha: colectivos de jóvenes, de mujeres, de pueblos originarios que siguen pidiendo justicia, educación, tierra. En el oriente vería a una sociedad que resiste con dignidad. Hallaría nuevos rostros de la insurgencia: los que no empuñan armas, pero sí ideas, música, palabras, votos.

Y se sorprendería.

Porque entre todo el ruido, encontraría signos de cambio. Ciudades electrificadas, tecnología, vehículos automotores y eléctricos. Universidades, hospitales, centros culturales. Una mujer gobernadora. Voces que ya no esperan a ser salvadas, sino que se organizan para salvarse. Municipios que, pese a la corrupción y al crimen, no se rinden.

El Edomex de hoy no es el campo de batalla de 1810, pero sí el campo de muchas luchas. Es diverso, desigual, duro, pero también fértil en rebeldía y esperanza. Aquí, donde fue excomulgado, ahora se le honra. Donde perdió una batalla, hoy se siembran nuevas causas. Donde dudó, ahora se apuesta.

En este aniversario luctuoso, si regresara, tal vez no alzaría un grito, pero sí una pregunta: ¿quiénes siguen creyendo que este país puede ser otro? Y al ver el rostro de tantas y tantos mexiquenses, quizá esbozaría una sonrisa.

Si Hidalgo cruzará hoy esta tierra, sabría que aún hay razones para seguir andando.

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