Miguel Ángel Ramos

La factura de la percepción: escándalos municipales

MexiquenSer

En política, la realidad no siempre se impone por los hechos; muchas veces se define por la percepción que esos hechos generan. Y en tiempos electorales, esa percepción puede convertirse en la diferencia entre conservar el poder o perderlo.

En el Estado de México, a menos de un año de las elecciones, los escándalos que han rodeado a algunos alcaldes y funcionarios municipales comienzan a construir una narrativa que puede tener consecuencias más allá de los protagonistas involucrados. Porque cuando un gobierno local enfrenta cuestionamientos, el desgaste no se queda únicamente en la persona señalada: alcanza al partido que lo llevó al poder y a la expectativa de cambio que prometió.

El politólogo italiano Giovanni Sartori advertía que en la democracia moderna, la opinión pública se construye a partir de imágenes y símbolos que terminan moldeando la realidad política. No basta con gobernar; también importa cómo se percibe el gobierno. Una administración puede presumir cifras, obras o programas, pero si la ciudadanía percibe abuso, distancia o privilegios, ese mensaje puede perder fuerza frente a una crisis de confianza.

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Los municipios son el primer contacto del ciudadano con el poder. Ahí no se evalúan únicamente discursos nacionales ni grandes proyectos; se observa al alcalde, a sus funcionarios, la seguridad de las calles, los servicios y, sobre todo, la congruencia entre lo que se prometió y lo que ocurre.

La historia política reciente tiene ejemplos claros de cómo la percepción puede impulsar o derrumbar carreras. En 1994, el entonces presidente de México, Carlos Salinas de Gortari, llegó al final de su sexenio con una imagen internacional fortalecida por las reformas económicas y la firma del Tratado de Libre Comercio; sin embargo, la crisis política de 1994 transformó completamente la percepción sobre su gobierno y dejó una huella que marcó la narrativa pública durante años.

En sentido contrario, personajes políticos han logrado construir legitimidad a partir de una percepción favorable incluso antes de mostrar resultados completos. La política, al final, también es una disputa por el significado: quién representa cambio, quién representa continuidad y quién logra conectar con la expectativa ciudadana.

Ese es precisamente el reto que enfrentan hoy los gobiernos municipales mexiquenses. Los escándalos, las acusaciones públicas o las decisiones cuestionadas pueden convertirse en un lastre electoral si la ciudadanía los interpreta como síntomas de un problema mayor.

Para los partidos políticos, la respuesta será determinante. La defensa cerrada de sus cuadros puede ser entendida como complicidad; la exigencia de explicaciones

y correcciones puede convertirse en una señal de responsabilidad. En política, administrar una crisis también es gobernar.

La elección todavía no comienza formalmente, pero la batalla por la percepción ya está en marcha. Y en política, muchas veces, la percepción termina escribiendo la historia antes que las urnas.

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