Miguel Ángel Ramos

Kenzo: las preguntas que siguen vivas

MexiquenSer

Cinco días de búsqueda, decenas de especialistas, drones, perros de rastreo, policías, veterinarios y un amplio despliegue institucional terminaron en la muerte de Kenzo, el tigre de Bengala que escapó de un predio autorizado en Tepetlaoxtoc. Hoy, la discusión ya no gira únicamente en torno a la fuga del ejemplar, sino a la forma en que fue conducido un operativo que concluyó con la pérdida de la vida que buscaba proteger.

La Procuraduría Federal de Protección al Ambiente encargó a especialistas de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM la necropsia del felino. El dictamen preliminar, previsto para esta semana, deberá establecer si murió a consecuencia de los disparos, de la sedación, del estrés fisiológico acumulado tras cinco días de fuga o de una combinación de estos factores.

Sin embargo, el informe científico responderá sólo una parte del caso. La otra corresponde al protocolo.

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La versión oficial sostiene que el veterinario alcanzó al tigre con un dardo tranquilizante, pero antes de que el sedante hiciera efecto el animal se lanzó contra él y un policía abrió fuego para proteger su vida. Nadie cuestiona que la prioridad sea salvaguardar a las personas. Lo que sí merece revisión es si la estrategia estaba diseñada para impedir que un veterinario terminará a escasos metros de un felino de más de 200 kilogramos cuyo efecto anestésico aún no actuaba.

Las preguntas son inevitables. ¿Era el sitio adecuado para intentar la inmovilización química? ¿Existían barreras de contención? ¿Había rutas de escape? ¿Se evaluó el tiempo de reacción del animal frente al tiempo necesario para que actuara el sedante? ¿Cuántos operativos de captura de grandes felinos habían encabezado previamente quienes dirigían la maniobra?

No es la primera vez que México enfrenta una emergencia parecida. En la Ciudad de México, el aseguramiento de más de 180 grandes felinos del caso Black Jaguar–White Tiger requirió una compleja coordinación veterinaria y logística; y en el Estado de México, distintos decomisos y aseguramientos de leones, tigres, cocodrilos, monos y otros ejemplares en predios particulares han puesto a prueba a las autoridades ambientales durante los últimos años.

Cada caso dejó lecciones distintas, pero ninguno parece haber derivado en un protocolo nacional transparente y homologado para la captura de grandes depredadores.

La polémica también escaló entre especialistas. La Asociación de Zoológicos, Criaderos y Acuarios de México cuestionó la conducción del operativo y la comunicación oficial, mientras diversos animalistas exigieron una investigación independiente y la revisión de los protocolos de manejo de fauna silvestre.

Hoy, la ciencia tiene la palabra. Si la necropsia concluye que los disparos fueron inevitables, quedará pendiente una discusión más profunda: si el operativo estaba correctamente planeado o si el verdadero error ocurrió mucho antes de que se accionara el arma.

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