La escena del día en que el tren interurbano México-Toluca abrió por fin toda su ruta, parece escrita en el manual de la política mexicana: lista para discursos, funcionarios alineados para la foto, cámaras buscando el ángulo correcto. Sin embargo, se trata de una obra que va más allá, sin demeritar a nadie, por el contrario, como la suma de todos. Este tren es el resultado de una larga travesía política que atravesó campañas, sexenios y colores partidistas.
El proyecto asomó por primera vez como promesa de campaña, cuando Eruviel Ávila buscaba la gubernatura del Estado de México. Fue el 16 de mayo de 2011 cuando en su discurso de arranque lo mencionó. Entonces era una idea de modernidad y conexión metropolitana. Un tren que conectará Toluca con la Ciudad de México, capaz de aliviar el tráfico eterno y de simbolizar un salto hacia la movilidad metropolitana del siglo 21.
Aquella promesa electoral sobrevivió y encontró su mayor impulso en una coyuntura afortunada. Enrique Peña, el predecesor de Eruviel llegó a la Presidencia de la República y el tren se transformó en proyecto federal y en emblema de infraestructura.
Pero el concreto no entiende de calendarios electorales. La obra avanzó con lentitud, entre ajustes técnicos, sobrecostos, manifestaciones y críticas públicas. El tiempo pasó y el poder cambió de manos. Llegó el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, que recibió un tren inconcluso y decidió no enterrarlo, pese a que no encajaba del todo en su narrativa política. Terminarlo implicaba reconocer que, a veces, gobernar también es continuar.
En ese mismo trayecto político estuvieron los gobiernos locales. Alfredo Del Mazo, del PRI, y Delfina Gómez, de Morena, acompañaron el proyecto desde el Estado de México, mientras que del lado capitalino convivieron con Miguel Ángel Mancera, del PRD y, después, Claudia Sheinbaum y Clara Brugada, de Morena. Distintos partidos, distintas visiones, pero una misma estructura elevada cruzando el poniente de la ciudad como recordatorio permanente de una obra sin prisa y sin pausa.
Al final, una obra que conecta a dos metrópolis. El Valle de México con sus 21.8 millones de habitantes, y el Valle de Toluca, la quinta más poblada del país, con 2.3 millones de pobladores. Vaticinio de la más grande megalópolis que pudiera generarse por el corredor geográfico que las une.
Por eso, cuando hoy el tren completa su recorrido, lo que se pone en marcha no es solo un sistema de transporte. Se activa una memoria colectiva de acuerdos implícitos y continuidades poco frecuentes. El tren interurbano México-Toluca no celebra a un gobierno: confirma que, en un país acostumbrado a reiniciar todo cada seis años, hay proyectos que, contra todo pronóstico, logran llegar a buen destino.
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