Hay estadios que nacen con vocación de catedral y otros que se hacen a ras de calle, entre polvo, desconfianza y terquedad. El Estadio Neza 86 pertenece a los segundos. En el oriente indómito del Valle de México, donde pocos apostaban por una postal mundialista, se levantó un escenario que hace 40 años obligó a mirar hacia Ciudad Nezahualcóyotl. Hoy, en la antesala de la Copa Mundial 2026, su historia vuelve a respirar con ese orgullo que no pide permiso.
No fue una concesión, fue una conquista. La FIFA miraba con recelo aquel estadio de periferia, rodeado de calles irregulares y prejuicios de escritorio. Pero apareció Rafael del Castillo -entonces presidente de la Federación Mexicana de Futbol-, terco y visionario, decidido a que el balón también rodará donde la ciudad parecía terminar. Insistió hasta convertirlo en sede del Mundial México 86.
Y entonces, Neza se volvió mundo. Dinamarca llegó con su futbol luminoso y su fiesta sin protocolo. Los daneses, comandados por Michael Laudrup, no sólo jugaron: colonizaron con alegría las calles, entre cerveza, risas y banderas que se mezclaban con el comercio popular. Aquella selección -una de las más vistosas del torneo- hizo del estadio un pequeño carnaval nórdico bajo el sol mexiquense.
El estadio fue sede del “Grupo de la Muerte” pues, además de los daneses, jugaron Uruguay, Alemania Federal (aunque jugaron en Querétaro) y Escocia dirigida por Sir Alex Ferguson, que probó en carne propia lo que era jugar en Neza: calor, ruido, cercanía, una atmósfera sin filtros. En esos días, el estadio no era sólo concreto: era un cuerpo vivo.
Las tribunas eran otro espectáculo. Ahí estuvo Rod Stewart entre la multitud, apoyando a su Escocia, mandando a comprar una botella de tequila y conviviendo con los aficionados, gente del pueblo que dejaban entrar ante el vacío en las gradas. También llegó Maradona con amigos, para ver la goliza 6-1 de Dinamarca a Uruguay.
Era un México que no cabía en las guías turísticas. El reflejo de un municipio que no es solemne. Un estadio de barrio con credencial mundialista. Era el Mundial contado desde la banqueta.
Luego vino el tiempo, que no perdona. El estadio vio desfilar proyectos que intentaron arraigarse: los Coyotes, los irreverentes Toros Neza en los noventa. El eco de los goles fue cediendo espacio al silencio; se hicieron polvo.
El abandono llegó sin aviso y sin escándalo. Gradas vacías, pintura desgastada. Hasta que la memoria, terca como Rafael del Castillo, volvió a empujar. En el marco del 63 aniversario del municipio, el 20 de abril, el gobierno local anunció la exposición “Mundial Neza 86”, un intento por devolverle voz a ese verano en que el mundo se asomó al oriente mexiquense.
Porque el Estadio Neza 86 no fue sólo una sede: fue una revancha social convertida en cancha. Hoy, cuando el calendario vuelve a marcar Mundial, su historia no se cuenta con melancolía sino con ese orgullo que aprendió a resistir. Y si uno se detiene en sus gradas, cuando cae la tarde y el viento levanta polvo, todavía parece escucharse el eco de aquellos días: los daneses cantando, la gente riendo, el balón rodando. Como si Neza, por un instante eterno, siguiera siendo el centro del mundo.
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