La tarde parecía hecha para el asombro. Miles de personas miraban al cielo esperando el espectáculo. Nadie imaginaba que en ese mismo instante se estaba escribiendo el último capítulo de una leyenda. Fue en Cuautitlán donde terminó la historia del increíble profesor Zovek, el escapista que durante los años setenta hizo creer a millones de mexicanos que el cuerpo humano podía desafiar cualquier límite.
Aquella tarde del 10 de marzo de 1972, más de cuatro mil personas se reunieron en la Plaza de la Cruz para presenciar uno de sus actos más temerarios: descender por una cuerda suspendida desde un helicóptero. Era un espectáculo organizado para ayudar a un circo que había perdido su carpa en un incendio. El público esperaba ver, una vez más, al llamado Houdini mexicano burlar el peligro.
El helicóptero apareció sobre la plaza poco antes de las seis de la tarde. Zovek, con la seguridad que lo caracterizaba, se aferró a la cuerda y comenzó el descenso. Al principio todo parecía parte del espectáculo. Pero de pronto la aeronave se elevó y empezó a girar. Suspendido en el aire, el escapista comenzó a balancearse peligrosamente mientras la multitud pensaba que era parte del acto.
Hasta que dejó de serlo.
El movimiento brusco hizo que Zovek perdiera fuerza en las manos. Durante unos segundos intentó sostenerse mientras el helicóptero seguía elevándose. Finalmente resbaló y cayó desde varios metros de altura ante la mirada atónita de quienes habían acudido a verlo vencer, una vez más, a lo imposible.
Fue trasladado al hospital, pero las lesiones eran demasiado graves. Tenía apenas 31 años.
Así terminó la vida de Francisco Xavier Chapa del Bosque, el hombre que transformó su debilidad infantil -había padecido poliomielitis- en una obsesión por el dominio del cuerpo y la mente. Practicó artes marciales, levantamiento de pesas y técnicas de respiración. Con el tiempo se convirtió en escapista, hipnólogo y artista de televisión.
Detrás del personaje había disciplina casi militar. Decía que el secreto de escapar no estaba en la fuerza, sino en la paciencia y la mente. En cada acto parecía demostrarlo.
México también lo recordaría por otro detalle: Zovek no era solo un escapista. Era un narrador visual del riesgo, un hombre que entendía la televisión como un escenario nacional. En una época en la que el entretenimiento se reunía alrededor de un solo aparato en la sala, sus desafíos se convertían en acontecimientos colectivos.
Por eso su muerte resultó tan difícil de creer. El hombre que escapaba de candados imposibles no pudo escapar del destino en una plaza mexiquense.
Hoy, medio siglo después, el eco de su nombre todavía aparece en la memoria de quienes lo vieron en blanco y negro desde la sala de la casa. Para muchos fue un héroe televisivo; para otros, un personaje misterioso envuelto en hazañas físicas casi increíbles.
Y para el Estado de México quedó el detalle que la historia no borra: en Cuautitlán, frente a su público, el Profesor Zovek realizó el único acto del que ya no pudo escapar.
Pero mientras alguien recuerde sus desafíos imposibles, el Houdini mexicano seguirá colgado en el aire de la memoria, suspendido en ese instante en que México aprendió que la realidad también puede ser extraordinaria.
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