Miguel Ángel Ramos

Edomex en el libro de Scherer

MexiquenSer

"Ni venganza ni perdón", el libro de Julio Scherer y Jorge Fernández Menéndez, no es una bomba de alto impacto. No exhibe documentos secretos ni revela conspiraciones desconocidas. No hay confesiones que cambien el rumbo de la política. Es, en esencia, una crónica política más. Duele decirlo así, no porque los chismes ahí vertidos no sean muestras del pasado corrupto y los conflictos de intereses que se niegan a desaparecer del poder, sino por lo común que se han convertido estos escándalos sin que nada pase, más allá de las afrentas políticas y morales.

El relato, no obstante, tiene una estación en territorio mexiquense, en el capítulo 9, llamado "Estado de México, ganar perdiendo", cuyo título encapsula la paradoja que Andrés Manuel López Obrador dijo, aquel 4 de junio de 2017, a quien se convertiría en consejero jurídico de la Presidencia.

Scherer platica que, el día de la elección, Andrés Manuel lo invitó a su oficina para conocer los resultados, que a él le hicieron sentir tristeza al ser favorables para Alfredo Del Mazo. El tabasqueño le habría dicho "Julio, perdiendo, ganamos. Cualquier error que hoy comentamos en el Estado de México va a pesar sobre la campaña presidencial. Ellos son capaces de hacernos cualquier cosa para que no lleguemos al Gobierno. Este es un laboratorio".

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Aunque falta de emoción, la narración se sitúa en una jornada de alta tensión. El Estado de México no era una entidad más: era el bastión histórico de un grupo político que había convertido la gubernatura en antesala del poder nacional. No se disputaba sólo un cargo: se medía la resistencia de toda una estructura.

El narrador reconstruye la campaña sin estridencias, a veces hasta con una inocencia y candidez que no se cree en alguien que dice estar en la entraña de la operación política. No hay revelaciones explosivas, sino la crónica de enfrentar a una maquinaria que confió en su experiencia para ganar.

"Pensábamos que la operación sería suficiente", admite en un pasaje donde alude que confiaba en el trabajo de Delfina y de Morena para haber obtenido el triunfo. Incluso el relato pega al plantón que la hoy gobernadora y militantes morenistas realizaron a las afueras del Instituto Electoral local para rechazar aquellos resultados, mientras su máximo líder estaba consciente de todo.

Y sí, aquellos resultados dieron mucha información. Del Mazo ganó con una diferencia de apenas 2.78 por ciento. Por eso, "se ganó perdiendo". La elección mostró que el bastión podía ser vulnerado, que la ventaja podía reducirse al límite y que la narrativa de invencibilidad priista comenzaba a resquebrajarse, como sucedería en 2018.

Por eso este capítulo importa, no porque aporte algo al escándalo, sino por ubicar esa elección como el inicio de la transición inevitable. "Ganar perdiendo" se vuelve entonces advertencia. En política no siempre pierde quien cae en las urnas; a veces pierde quien, aun venciendo, deja escapar el aura de fortaleza que sostenía su poder.

El Estado de México enseñó en 2017 que ninguna estructura es eterna. El capítulo no dinamita el pasado, pero lo ilumina con una frase que todavía resuena: se puede perder una elección y, al mismo tiempo, empezar a ganar la historia. Y al revés.

CITA:

El Estado de México no era una entidad más: era el bastión histórico de un grupo político que había convertido la gubernatura en antesala del poder nacional.

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