México vs Inglaterra. El balón sale de los botines de Raúl Jiménez en el minuto 95 del primer tiempo extra. Es una chilena poética, que desafía la física y la desesperación de un portero inglés que se estira en vano. ¡Ánéé!! El estadio explota en un rugido que sacude los cimientos de cada rincón de nuestro país. Se empata el partido 3 a 3. El silbatazo final confirma el empate y México termina ganando en una agónica serie de penales contra los ingleses. Todo el país explota de júbilo y lo impensable México es campeón del mundo tras una ruta impecable ante Noruega, Argentina y la gran final contra España. En ese presente paralelo, la hazaña no es solo deportiva; es el síntoma de una sociedad que, por fin, aprendió a tomar decisiones en unidad.
Durante esas semanas de júbilo, el país funcionó como una maquinaria sincronizada. No hubo grietas sociales. En las plazas de Toluca, en los mercados de Neza y en las zonas industriales y comerciales de nuestro Estado, la bandera no fue un estandarte de polarización, sino una piel compartida. El empresario, el gobierno y el trabajador celebraron bajo un mismo objetivo, demostrando que cuando el mexicano tiene una meta clara y un liderazgo abierto, somos capaces de una coordinación que, en nuestra realidad cotidiana, parece una utopía.
Pero entonces, la realidad nos golpea con la contundencia de un lunes por la mañana.
Como consultor en estrategia y gestión de clústeres, he analizado por qué las organizaciones logran grandes objetivos. La diferencia entre una selección nacional triunfante y un país que se estanca no es solo el talento; es la ingeniería de la cooperación y los acuerdos consensuados. Lo que vivimos en esta justa deportiva fue una alineación total de objetivos: todos sabíamos qué rol jugar, todos confiamos en la estrategia y todos antepusimos el resultado colectivo al ego individual sin importar ideologías ni colores.
Si trasladáramos la mística de esa "chilena" de Jiménez a la gestión de nuestro día a día como mexicanos haciendo lo que hacemos por un bien generalizado, uniendo fuerzas, identificando puntos en común y dejando a un lado nuestras diferencias México no tendría techo. Poseemos la resiliencia, la ubicación estratégica y el capital humano, pero nos falta la constancia en el diseño y mantenimiento de una visión compartida.
La unidad no es un sentimiento romántico; es una decisión gerencial. Es dejar de vernos como adversarios y empezar a vernos como parte de una cadena de valor donde el éxito del vecino fortalece el mío. En el Estado de México tenemos el músculo necesario para liderar esta transición, para dejar de ser el país que espera milagros deportivos y convertirnos en la potencia de clase mundial.
La verdadera final no se juega en una cancha de la FIFA, se juega cada mañana en la oficina, en el aula, en la función pública abierta y en la mesa de negociación. La pregunta ya no es si podemos ganar; la pregunta es si estamos dispuestos a sacrificar nuestras inercias individuales para construir el país que todos festejamos en nuestros sueños.
Dejemos de vivir en la utopía del gol de chilena y comencemos a trabajar en la ingeniería del éxito colectivo como mexicanos y como mexiquenses.
¿Tú qué dices, esa chilena debió de haber entrado?
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