En unas semanas iniciarán las mesas de diálogo entre México y Canadá con miras a la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), un proceso que representa uno de los momentos más relevantes para la política económica y comercial de la región en los últimos años. Desde el sector empresarial, el arranque de estas conversaciones debe entenderse no sólo como una revisión técnica del acuerdo, sino como una oportunidad histórica para consolidar un modelo de integración productiva que genere crecimiento sostenido y bienestar para millones de personas.
Uno de los aspectos más destacables de esta etapa preparatoria es que, por primera vez, los 32 estados de la República y más de 30 sectores productivos han sido incorporados en mesas de trabajo para definir las prioridades de México en la renegociación. Esta apertura marca un precedente importante: la política comercial deja de ser un ejercicio exclusivamente federal para convertirse en una agenda verdaderamente nacional, en la que participan desde gobiernos locales hasta industrias estratégicas como la automotriz, agroindustrial, aeroespacial, energética, tecnológica y manufacturera.
Los datos hablan por sí solos sobre la relevancia de este acuerdo para la economía mexicana. Desde su entrada en vigor en 1994, el comercio entre México, Estados Unidos y Canadá se multiplicó por más de seis veces, al pasar de aproximadamente 290 mil millones de dólares a más de 1.3 billones de dólares anuales en la actualidad. En el caso específico de México, cerca del 80 por ciento de sus exportaciones se dirigen al mercado norteamericano, mientras que más de 12 millones de empleos dependen directa o indirectamente del comercio exterior.
En este contexto, el sector económico mexicano ha mostrado una postura clara. La consulta empresarial indica que el 78.5 por ciento de las empresas está de acuerdo con la renegociación del tratado, siempre que ésta tenga como objetivo fortalecer la competitividad regional y brindar mayor certidumbre a las inversiones. No se trata de debilitar el acuerdo, sino de modernizarlo y adaptarlo a los retos de una economía global cada vez más interconectada y tecnológica.
Existe también un consenso amplio entre empresarios, industriales y cámaras de comercio: no deben permitirse medidas unilaterales que rompan el equilibrio del tratado o afecten la integración productiva que se ha construido durante más de tres décadas. El éxito de Norteamérica como bloque económico se ha basado precisamente en la cooperación, la complementariedad industrial y la creación de cadenas de valor compartidas.
Hoy, más que competir entre nosotros, el reto es mirar hacia afuera. Es el momento de que América del Norte, y particularmente México, se vincule con una visión más amplia de desarrollo para el continente americano. América Latina debe concebirse como un espacio de crecimiento conjunto, no como una región que compite internamente, sino como una plataforma capaz de consolidar un sistema de producción eficiente, sustentable y altamente competitivo, que beneficie a toda la región.
Dentro de las discusiones técnicas, uno de los temas que deberá analizarse con profundidad en las mesas de negociación es el contenido regional. La flexibilidad en el valor de contenido regional es clave para mantener la competitividad de sectores estratégicos que han ganado relevancia global en los últimos años. Industrias como la aeroespacial, la química y la petroquímica dependen cada vez más de cadenas de suministro sofisticadas que atraviesan múltiples países.
El sector aeroespacial, por ejemplo, se ha convertido en uno de los motores industriales de México. Actualmente existen más de 370 empresas del sector en el país, distribuidas en al menos 19 estados, que generan más de 60 mil empleos especializados y exportaciones anuales superiores a 9 mil millones de dólares. Un marco de reglas flexible y moderno en materia de contenido regional permitiría potenciar aún más esta industria, atraer inversión tecnológica y consolidar a México como un nodo estratégico dentro de la cadena global de manufactura avanzada.
De la misma forma, la industria química y petroquímica representa cerca del 2% del PIB nacional y está estrechamente vinculada con más de 40 cadenas productivas, desde la agricultura hasta la manufactura avanzada. Ajustar las reglas comerciales para facilitar la integración de insumos regionales puede traducirse en mayor valor agregado, innovación industrial y competitividad internacional.
Al final del día, el objetivo fundamental de esta renegociación debe ser claro: certidumbre, integración productiva y mejores condiciones de vida para la población. Un tratado comercial no es un fin en sí mismo; es una herramienta para generar empleos, elevar la productividad, impulsar la innovación y fortalecer a las pequeñas y medianas empresas que sostienen buena parte de la economía regional.
Un acuerdo moderno, equilibrado y orientado al desarrollo puede convertirse en un instrumento poderoso para impulsar el bienestar de las familias y ampliar las oportunidades de crecimiento del país.
El momento exige visión estratégica y responsabilidad compartida. Si las negociaciones logran preservar el espíritu de cooperación que dio origen al tratado y al mismo tiempo incorporar reglas acordes con la economía del siglo XXI, Norteamérica no sólo mantendrá su relevancia global, sino que podrá consolidarse como una de las regiones más competitivas, innovadoras y prósperas del mundo.
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