Mauricio Massud

Entre el alivio inmediato y el equilibrio fiscal

LOBO, VACA O CABALLO

En tiempos donde cada peso cuenta, el entorno internacional es incierto y el crecimiento económico avanza con presiones constantes, las decisiones públicas en materia de combustibles no pasan desapercibidas.

Esta semana, el ajuste a los estímulos fiscales en gasolinas y diésel deja ver algo… hay sensibilidad en la autoridad para evitar que el golpe llegue directo al bolsillo de las familias y medidas de control para evitar que las empresas pierdan capacidad de operación.

No es un asunto menor. El incremento en los apoyos es concreto y medible. La gasolina Magna pasa de un estímulo de 23.12 a 31.34 por ciento, lo que equivale a 2.09 pesos por litro, dejando una cuota final de 4.60 pesos. En el caso de la Premium, el apoyo será de 18.48 por ciento, alrededor de 1.04 pesos, con un pago de 4.61 pesos por litro. Detrás de estos números hay una intención clara: contener una presión inflacionaria que, de otra manera, podría escalar con rapidez.

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Pero quizá el dato más revelador es el que no vemos directamente en la estación de servicio. Sin estos apoyos, el diésel podría alcanzar hasta los 35 pesos por litro; de hecho, ya ha rozado los 30 pesos en algunas zonas. Para el sector empresarial, esto no es una abstracción: el costo del transporte, de personal, mercancías y materias primas, depende en gran medida de este insumo, en muchos de los sectores encender una máquina y producir depende de este tipo de combustible… Y cuando el diésel sube, todo lo demás lo sigue.

Las decisiones no se pueden tomar al azar, si bien el incremento de los subsidios se ha hecho necesario, cada paso debe medirse de manera quirúrgica. El gobierno no está apostando por soluciones generalizadas, sino por ajustes puntuales que permitan amortiguar el impacto sin desbordar otros frentes. Sin embargo, como toda cirugía fina, el margen de error es mínimo.

La espada tiene dos filos… cada peso que se deja de recaudar vía estos estímulos es un peso que no entra a las arcas públicas.

Y en un contexto donde la economía global muestra signos de desaceleración, el riesgo es doble. Si el encarecimiento de la energía frena a Estados Unidos, México lo resentirá

en exportaciones, inversión y dinamismo fiscal. El alivio que hoy llega por la vía del subsidio podría diluirse mañana en una menor actividad económica.

La situación no es sencilla y las respuestas no son absolutas, si bien hay excedentes contados derivado del incremento en el precio del barril de petróleo, los recursos como siempre son finitos y las decisiones exigen cautela.

Ese es el verdadero dilema: contener la inflación sin debilitar las finanzas públicas; proteger a las familias sin frenar el crecimiento. No hay soluciones simples, pero sí decisiones responsables. Y en este caso, el sector empresarial reconoce que se está actuando con oportunidad.

Aun así, el reto no termina aquí. Estas medidas deben sostenerse con una visión de mediano plazo que permita transitar de la contención a la estabilidad. Porque si algo ha dejado claro este episodio es que el costo de la energía no solo mueve vehículos: mueve toda la economía.

Hoy se aplaude la precisión. Mañana habrá que exigir consistencia.

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