Llegamos otra vez al 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Y en el Estado de México la fecha no llega en silencio ni en calma. Llega con tres feminicidios registrados apenas en la semana previa. Tres vidas arrancadas que, tristemente, se suman a una estadística que ya de por sí pesa demasiado.
A veces las cifras se repiten tanto que corren el riesgo de volverse paisaje. Pero la verdad es que detrás de cada número hay una historia abruptamente detenida. Una familia que no entiende cómo pasó. Una madre, una hija, una hermana que ya no volverá a casa.
Los datos nacionales son duros. De acuerdo con cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, en México se registraron alrededor de 840 feminicidios durante 2025, además de más de 2 mil 500 homicidios dolosos de mujeres. Si se amplía la mirada, el panorama se vuelve todavía más inquietante: más de 300 mil denuncias por violencia contra las mujeres entre violencia familiar, agresiones sexuales, lesiones y otros delitos.
El Estado de México aparece, una y otra vez, en los primeros lugares de esa lista incómoda. Tan solo el año pasado se contabilizaron más de 80 feminicidios en territorio mexiquense. Y eso sin contar los casos que se investigan como homicidio simple o aquellos que nunca llegan a convertirse en denuncia.
Dicho de otra forma: la violencia contra las mujeres no es un episodio aislado. Es una herida abierta que atraviesa colonias, transporte público, hogares y escuelas. A veces ocurre en silencio. Otras, con una brutalidad que sacude al país entero.
Mientras tanto, cada 8 de marzo se repite una escena que ya resulta casi rutinaria. Desde el gobierno se despliegan operativos para proteger edificios públicos, colocar vallas metálicas y blindar monumentos. Barreras, escudos, policías. Todo listo para contener la protesta.
Y es que pareciera que la prioridad no es escuchar el grito, sino evitar que se vea.
Porque, seamos honestos, el mensaje que muchas veces queda en el aire es ese: más energía puesta en resguardar paredes que en reparar vidas. Más atención a la pintura de una fachada que a las historias que se rompen detrás de cada feminicidio.
No es necesario justificar la confrontación ni el enojo desbordado. Hay que reconocer que ese enojo tiene origen. Que nace del miedo cotidiano, de la impunidad, de expedientes que se empolvan en oficinas, de denuncias que no avanzan.
Además, hay algo que duele admitir: México ha avanzado en leyes, protocolos y discursos institucionales. Existen alertas de género, fiscalías especializadas, campañas de prevención. Todo eso importa, claro. Pero cuando una semana cualquiera se registran tres feminicidios en un solo estado, queda claro que los avances todavía no alcanzan.
Porque el 8 de marzo no es solo una fecha conmemorativa. Es, sobre todo, un recordatorio incómodo.
Nos recuerda que mientras se colocan vallas para proteger edificios, hay mujeres que siguen esperando algo mucho más simple y urgente: poder vivir sin miedo.
La última trinchera
En Toluca, este año estuvo todo en orden durante las manifestaciones y marchas del 8M.
Derechos Humanos mexiquense y el Colegio de Notarios certificaron que los elementos de los cuerpos policiales no estuvieran armados.
Además, la Coordinación de Protección a Periodistas y Defensores de Derechos Humanos dio también acompañamiento, para apoyar y documentar a ambos gremios en caso necesario. esta vez, todo en calma.
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