Cada temporada de lluvias deja una lección distinta. La de este año resulta incómoda para los gobiernos estatal y municipales porque demuestra que limpiar alcantarillas y retirar basura, aunque indispensable, ya no alcanza.
Durante meses, las autoridades presumieron jornadas permanentes de desazolve y recolección de residuos para evitar que las coladeras se taparan, después de que las dos primeras temporadas de este sexenio los sorprendieron, incluso en los mismos puntos críticos de siempre. Qué bueno que esa lección quedó aprendida. El problema es que la realidad ya cambió.
La verdad es que las tormentas también cambiaron. Ahora llegan aguaceros de enorme intensidad, acompañados de granizo, que descargan en minutos el agua de varias horas. Ningún drenaje convencional resiste semejante presión.
El Atlas de Inundaciones 2026 de la Comisión del Agua del Estado de México documentó 382 eventos hidrometeorológicos durante la temporada anterior, entre ellos 92 inundaciones urbanas, con afectaciones en 96 colonias de 41 municipios. Además, identifica que 17 por ciento del territorio mexiquense presenta algún grado de riesgo de inundación y advierte que la saturación de los sistemas de drenaje constituye uno de los principales factores del problema.
Eso ocurrió el viernes pasado en Toluca. Una granizada seguida de un aguacero extraordinario bastó para colapsar vialidades, inundar viviendas y convertir el centro de la capital en un enorme espejo de agua.
Durante casi una hora la ciudad quedó rebasada. Después aparecieron los cuerpos de emergencia. Para entonces, el agua ya había entrado a las casas y el patrimonio de cientos de familias ya estaba dañado.
Y es que no hablamos de asentamientos irregulares ni de colonias sin servicios. Hablamos de zonas consolidadas, con infraestructura legal y décadas de existencia, cuya capacidad hidráulica quedó completamente superada por fenómenos climáticos cada vez más extremos.
Esa diferencia cambia por completo la discusión política. El problema dejó de ser únicamente la basura. Hoy el verdadero desafío consiste en modernizar una infraestructura diseñada para un clima que prácticamente dejó de existir.
Además, el propio Atlas estatal reconoce que las obras preventivas deben actualizarse conforme evolucionan los riesgos hidrometeorológicos y servir para definir nuevas inversiones públicas. Sin embargo, la respuesta institucional todavía conserva la lógica de hace veinte años: limpiar, esperar y reaccionar cuando llega la emergencia.
¿Cuánto tardarán nuestras autoridades en comprender que el cambio climático ya modificó las reglas del juego? Porque la ciudadanía no necesita comunicados de prensa para presumir desazolves. Necesita gobiernos capaces de anticiparse, infraestructura preparada para tormentas extraordinarias y protocolos que respondan antes del desastre, no cuando el agua ya pasó por encima de las personas y de su patrimonio. Esa es la verdadera prueba que queda pendiente.
La última trinchera
En Toluca, todos parecen, a punta de hacerse los que no pasa nada, haber olvidado qué hay una denuncia contra el secretario del Ayuntamiento, Justo Núñez Skinfill, por presuntamente tocar de manera indebida a una compañera reportera, muy joven y novata, por cierto.
El gobierno municipal ha optado por negar a ultranza el asunto, y apostar por el olvido, con la justificación de que el gobierno municipal no recibió ninguna denuncia.
Lo que parecen olvidar es que, con esta, ya son tres denuncias de abuso contra periodistas -y hay otro tipo de denuncias- en ese gobierno y eso ya es una tendencia, que tiene implicaciones más allá de una mala respuesta en una conferencia de prensa.
Sin embargo, en otras instancias, la historia que cuenta este caso es distinta y el resultado puede arrastrar más de una carrera política. Veremos.
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