Hay silencios que pesan más que el ruido. En El Oro hoy se respira justo eso: una calma rara, espesa, como de tormenta que ya pasó... o que nadie quiere volver a mencionar.

Hace apenas unos meses el municipio estaba en terapia intensiva. Literal. Calles con desechos de carnicerías tirados al sol, bolsas reventadas, perros husmeando entre vísceras, el olor agrio pegándose a la garganta.

Sin recolección de basura, sin alumbrado en varias colonias, sin esa mínima dignidad que da prender la luz o caminar sin taparse la nariz. No era exageración política: era la vida diaria.

La gente lo decía bajito, con coraje cansado: "parece pueblo abandonado".

Y entonces vino la intervención. Aparecieron los funcionarios, los recorridos, las fotos, las promesas. El secretario general de gobierno, Horacio Duarte, tomó el tema; la gobernadora Delfina Gómez incluso dijo aquello de que se daría "una vuelta" por allá. Sonaba a rescate. A manotazo en la mesa.

Y sí, algo se movió. Se limpió. Se ordenó lo urgente. Bajó la presión.

Pero la verdad es que eso fue apenas una curita.

Hoy, bajo la administración de la alcaldesa Juana Elizabeth Díaz Peñaloza, lo que se siente no es solución: es pausa. Como cuando barres la sala para que no se vea el polvo, aunque siga debajo del sillón. Calma chicha.

Porque los problemas de fondo siguen ahí, respirando.

Ahí está el caso del restaurante El Tren. Un pleito que muchos vieron como capricho político terminó en tribunales, y el fallo favoreció al empresario despojado de sus derechos. Habrá que ver si al fin resuelven algo en serio las autoridades locales, o la alcaldesa busca otra salida chueca.

Es decir: no sólo hubo desorden administrativo, también hubo abusos. Y cuando la justicia corrige al gobierno, el mensaje es durísimo. Habla de improvisación. De ocurrencias. De poder mal usado. Y eso lastima más que un bache.

La gente no pide milagros. Pide cosas básicas: que pase el camión de la basura, que funcione el rastro, que el turista no huya espantado, que el comerciante venda. El Oro vive del encanto, de su historia minera, de su aire de Pueblo Mágico. Pero ¿quién quiere pasear entre olores fétidos y pleitos legales? El turismo no regresa por decreto.

Además, lo que ocurre aquí no es un caso aislado. Y eso inquieta más. Hay otros municipios mexiquenses igual o peor: administraciones rebasadas, finanzas opacas, servicios colapsados. Como si el gobierno municipal fuera un experimento sin manual.

Y mientras tanto, el estado entero espera que alguien tome decisiones de fondo. No hay recheos. No visitas exprés. No discursos, sino planes serios, supervisión real, responsabilidades claras que no se escondan tras el argumento del Municipio Libre.

Porque el tiempo, eso sí, no perdona. Cada semana sin rumbo es un negocio que cierra, un joven que se va, una familia que se resigna.

El pueblo, y se nota en las miradas, en la plática del mercado, en el café de la esquina, espera... y desespera. Y lo peor sería acostumbrarnos. Que la crisis se vuelva paisaje. Que el abandono deje de indignar.

Si eso pasa, entonces sí, habremos perdido algo más que la limpieza de las calles: habremos perdido la esperanza de que el gobierno sirva para algo.

El Oro merece más que sobrevivir. Merece volver a brillar. Pero para eso alguien tiene que decidir, de una vez por todas, dejar de simular y empezar a gobernar.

La última trinchera

Avanzan, de a poco, las obras de repavimentación en Toluca. En las semanas recientes se ve y escucha a algunos automovilistas quejarse amargamente por el cierre de vialidades, pero lo cierto es que vale la pena.

Por fin vemos más cercana la posibilidad de que la capital mexiquense vuelva a ser transitable, vale la pena un poco más de caos vial.

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