El 9 de enero salió de puertos mexicanos el último cargamento de petróleo rumbo a Cuba. Desde entonces, silencio. Ni buques ni anuncios, apenas la discreta confirmación de que el apoyo energético quedó en pausa. No fue un corte estridente, más bien un freno cauteloso, como cuando alguien levanta el pie del acelerador al ver luces rojas más adelante.

La escena cambió. La presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en que la isla necesita ayuda humanitaria y ha buscado reactivar los envíos de combustible. Habla de solidaridad, de historia compartida, de no dejar solos a los pueblos cuando aprieta la escasez. Y es que, más allá de la ideología, en Cuba faltan medicinas, hay apagones largos y la vida cotidiana se encoge. No es un discurso romántico; es una realidad áspera.

Pero del otro lado del tablero, Donald Trump desestimó cualquier crisis humanitaria. Además, firmó una orden ejecutiva para imponer aranceles a los países que suministren petróleo a la isla. El mensaje fue claro: quien ayude, pagará.

Y ahí México quedó en la mira.

La verdad es que la presidenta ha navegado con cuidado la relación con Washington. Evitar la confrontación directa ha sido casi una estrategia de supervivencia económica. Estados Unidos no es un vecino cualquiera; es el socio comercial del que dependen millones de empleos.

Jugar rudo tendría consecuencias inmediatas. Sin embargo, ceder también pesa. Porque México ha construido con Cuba un vínculo político y simbólico que se fortaleció en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador: médicos, cooperación, combustible, gestos de cercanía.

Hoy ese legado se convierte en dilema. ¿Solidaridad o pragmatismo? ¿Convicción o cálculo? No es una decisión abstracta; se traduce en costos concretos: aranceles, presiones diplomáticas, tensiones comerciales. Y, al mismo tiempo, en la imagen internacional de México como país que no abandona a sus aliados.

Una política no intervencionista y solidaria que heredamos desde Juárez, "el respeto al derecho ajeno es la paz".

Quizá este sea el primer gran punto de quiebre del nuevo gobierno. Un momento que obliga a definirse sin matices. Porque, además, Washington podría usar el tema como pretexto perfecto para marcar distancia con el pasado lopezobradorista y exigir señales de "corrección".

Entre la geopolítica y la empatía, México camina por una cuerda floja. Con el viento soplando fuerte. Y a veces, en política exterior, no hay pasos cómodos: sólo decisiones que pesan, que raspan un poco el estómago. Lo que se elija dirá mucho más que un simple

envío de petróleo, hablará del tipo de país que queremos ser y de la presidenta que ella quiere ser.

La última trinchera

Al Instituto Electoral del Estado de México le espera un año de austeridad, lo que implicará importantes limitaciones.

Y es que, un año previo a la más grande elección de la historia en el Estado de México, habría preparativos, capacitaciones y organización importante que habría qué hacer, cosa que implica costos.

Lo que no comprenden quienes insisten en el discurso de austeridad y gastos limitados es que hay conceptos en los que no se puede escatimar.

Por cierto, la mayoría de los recursos se va a aportaciones para los partidos políticos, incluso en un año no electoral. Deberíamos al menos fijarnos en si realmente los apliquen en lo deben, no en altos salarios para sus grandes estrellas, ahora desempleadas.

Síguenos en nuestras redes sociales:

Instagram: , Facebook: y X:

Google News

TEMAS RELACIONADOS