La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, no cerró un capítulo. Lo abrió. Y lo hizo de golpe, con estruendo, humo y carreteras incendiadas. Las repercusiones del operativo en el que cayó el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación siguen ahí, latiendo bajo la superficie de un país que, la verdad, ya vive con el sobresalto incorporado.

Lo que vimos aquel fin de semana no fue una reacción improvisada ni un arranque visceral. Fue un mensaje.

Bloqueos simultáneos, vehículos ardiendo, amenazas difundidas como pólvora en redes sociales.

No se trataba necesariamente de sumar cadáveres, no civiles - se calculan más de 20 muertos por el lado de la autoridad- el objetivo era otro: sembrar miedo, recordar quién tiene la capacidad de paralizar ciudades enteras con solo apretar un botón. Y cuando el mecanismo para infundir terror se convierte en estrategia, se llama terrorismo.

Porque eso fue. Un despliegue calculado para hacer sentir presencia “a todo lo largo y ancho del país”, como si se tratara de marcar territorio con fuego.

Se habla de que hasta el 40% del territorio nacional está cooptado por el crimen organizado, con influencia en 20 de los 32 estados. La cifra, más allá de su precisión estadística, retrata una sensación compartida: hay zonas donde la ley es apenas un eco lejano.

Y es que lo sentimos. En el tráfico detenido sin explicación clara. En el mensaje de WhatsApp que advierte no salir. En el silencio incómodo de negocios que bajan cortinas antes de tiempo. Los delincuentes dejaron ver su músculo, su capacidad de coordinación y su vocación por el espectáculo del miedo. Fue una demostración de fuerza cruda, sin matices.

Frente a eso, el discurso oficial insiste en que “no es para tanto”, que todo está bajo control, que se actuó con precisión quirúrgica. Pero la percepción social va por otro carril.

Cuando la violencia se sincroniza en varios estados al mismo tiempo, cuando las familias se encierran por precaución y las escuelas suspenden clases, algo se fractura, ante una tardía respuesta fe la autoridad.

Y no basta con minimizarlo. Además, el riesgo es normalizar estos episodios como si fueran tormentas pasajeras. “Ya pasó”, decimos, hasta que venga el siguiente exabrupto de ese u otro grupo criminal.

Esa resignación es peligrosa. Porque cada demostración de poder erosiona un poco más la confianza en las instituciones, desgasta la paciencia ciudadana y profundiza la idea de que el crimen organizado no solo disputa plazas, sino autoridad.

La muerte de un líder puede ser un golpe estratégico. Pero si la respuesta es una ola de terror que logra paralizar regiones enteras, entonces la pregunta incómoda persiste: ¿quién domina realmente el territorio, quién marca la agenda, quién impone el miedo? Y mientras esa duda siga flotando en el aire, las repercusiones no serán solo de seguridad. Serán políticas, sociales y, sobre todo, emocionales. Porque el miedo, cuando se instala, tarda mucho en irse.

La última trinchera

En el Estado de México, la Secretaría de Seguridad blindó las fronteras con estados conflictivos, donde se sabe que la violencia está más viva que nunca.

Aunque el discurso fue en el sentido de minimizar los exabruptos de algunos grupos delincuenciales, se tomaron medidas reales para evitar que las cosas se salieran de control y eso da tranquilidad.

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