La licencia solicitada por Rubén Rocha no representa un cierre, apenas abre la puerta a la pregunta que durante meses se evitó formular con firmeza: ¿hasta dónde llega la responsabilidad política cuando sobre un gobernador pesan señalamientos tan graves?
Lo mínimo exigible en una democracia madura era apartarse del cargo para enfrentar acusaciones de enorme calado sin contaminar la investidura pública. Tardó. Llegó presionado. Pero llegó.
La verdad es que el fondo del asunto rebasa un nombre y una coyuntura. México arrastra, desde hace décadas, una convivencia áspera y silenciosa con poderes criminales que echaron raíces en territorios completos, moldearon economías locales, alteraron elecciones y sembraron una normalidad inquietante. En algunas regiones, la frontera entre autoridad, tolerancia y sometimiento se volvió dolorosamente borrosa.
Y es que cuando la violencia se vuelve paisaje cotidiano, también se anestesia la indignación. Ahí está el riesgo mayor: normalizar lo inadmisible. Mirar hacia otro lado. Fingir sorpresa sólo cuando la presión viene de fuera. Esa comodidad política ha costado miles de vidas, comunidades fracturadas y una confianza pública hecha pedazos.
Defender la soberanía nacional, además, no puede confundirse con blindar trayectorias personales ni con envolver casos delicados en la bandera para cancelar preguntas legítimas. La soberanía se honra con instituciones sólidas, investigaciones limpias y verdad verificable, no con reflejos defensivos que colocan a la Presidencia en una línea de fuego que no le corresponde y no merece.
Claudia Sheinbaum no tendría por qué cargar el costo político de un expediente ajeno. Menos aún salir a responder por decisiones, alianzas o sombras construidas en tiempos y contextos que no son suyos. Si las acusaciones son débiles, inconsistentes o políticamente motivadas, corresponde al propio Rocha sostener su defensa, argumentar con pruebas y enfrentar el escrutinio público.
Porque gobernar también implica hacerse responsible cuando llega la tormenta. Dar un paso al costado no limpia culpas ni confirma delitos, pero sí evita que el poder se use como escudo. Hoy, más que discursos encendidos, México necesita claridad moral, temple institucional y una convicción simple: nadie debe esconderse detrás del cargo para evadir la verdad.
También conviene mirar la dimensión internacional con cabeza fría. Ningún país acepta con ligereza señalamientos externos sobre sus autoridades, pero tampoco puede reaccionar cerrando filas por instinto. Lo sensato es investigar a fondo, exigir evidencia, abrir expedientes y permitir que la justicia avance sin consignas patrioteras ni pactos de silencio que vuelvan opaco lo evidente. Es la única manera de limpiar el prestigio de México, más allá de asuntos partidistas y pleitos políticos, lo importantes es recuperar nuestro buen nombre.
La última trinchera
El Estado de México vive su propia batalla. Los grupos políticos no dan tregua y la guerra amenaza con estallar con la cercanía de los tiempos electorales.
Por el momento, la guerra de encuestas comienza a tornarse ridícula. Hay tantos primeros lugares estatales como aspirantes en cada municipio y, a la larga, ¿quién y cómo gobierna? Habría que preguntarle al ciudadano en la calle, de manera directa. Se sorprenderían más de uno.
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