La noticia corrió como pólvora. Primero rumores en redes, luego versiones encontradas y finalmente la confirmación: Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, habría sido abatido durante un operativo federal en Tapalpa, Jalisco. Y con ello, el país pareció contener la respiración… para después, al menos la mitad, sacudirse con violencia.
No era para menos. Durante más de una década, el nombre de El Mencho se convirtió en sinónimo de expansión criminal, de confrontación directa con el Estado y de una capacidad logística que pocos grupos delictivos habían mostrado en tiempos recientes. El CJNG no sólo creció en número y territorio; creció en narrativa, en miedo y en poder simbólico. Pasó de ser una escisión regional a una organización con presencia en buena parte del país y vínculos internacionales en tráfico de drogas sintéticas, lavado de dinero y control de rutas estratégicas y métodos sanguinarios de control a enemigos, competencia y hasta aliados.
Por eso, su muerte, más allá del golpe operativo, desató una reacción inmediata que dejó ver otra realidad incómoda: el poderío del crimen organizado. Bloqueos carreteros, quema de vehículos, ataques coordinados y alertas de seguridad en estados como Jalisco, Michoacán, Colima, Guanajuato y Zacatecas recordaron que las organizaciones criminales no dependen únicamente de un líder. Funcionan como redes. Como sistemas que, aun heridos, saben responder.
La escena fue conocida, tristemente familiar. Camiones atravesados en autopistas, automóviles incendiados iluminando la noche y ciudadanos atrapados entre la incertidumbre y el miedo. Una especie de mensaje crudo: el poder territorial no se evapora con la caída de una figura, por más emblemática que sea.
En ese contexto, el despliegue de fuerzas federales y estatales para liberar vialidades y contener disturbios era previsible, incluso necesario, pero la ciudadanía no lo percibió, se sentían abandonados.
También lo fue el refuerzo preventivo en entidades vecinas, donde secretarías de seguridad activaron monitoreo y blindaje en zonas limítrofes. Sin embargo, la pregunta de fondo no desaparece: ¿qué tanto estamos preparados para el día después?
Y es que, mientras en las calles se registraban reacciones violentas, la respuesta política pareció caminar a un ritmo distinto. La presidenta Claudia Sheinbaum emitió un posicionamiento mesurado, enfocado en destacar la coordinación institucional y el llamado a la calma. Un mensaje correcto en forma, pero que se percibió como insuficiente frente a la magnitud de los hechos. No se trata de exigir estridencia, sino claridad, empatía y conducción narrativa en momentos donde la ciudadanía busca certezas.
La historia de El Mencho es también la historia de un país que ha visto mutar el fenómeno criminal. De policía municipal en Michoacán a uno de los hombres más buscados del mundo, su trayectoria refleja vacíos institucionales, economías ilícitas en expansión y territorios donde el Estado llega tarde o llega débil. Su organización, conocida por su estructura paramilitar y su agresiva estrategia de propaganda, simboliza esa nueva generación de cárteles que combinan violencia extrema con sofisticación financiera.
Pero la muerte de un capo, por sí sola, no redefine la seguridad nacional. Puede ser un punto de inflexión, sí. Un golpe relevante, también. Aunque la verdadera transformación depende de algo más complejo: reconstruir tejido social, fortalecer policías locales, cerrar rutas financieras y recuperar territorios desde la gobernabilidad cotidiana, no solo desde el despliegue reactivo.
Hoy, entre bloqueos apagados y carreteras reabiertas, quedará una sensación agridulce. La caída de un líder criminal que durante años representó amenaza directa al Estado, pero también la evidencia de que el problema es más profundo que un nombre. Más amplio que un operativo.
La verdad es que el país ha aprendido, a veces a la mala, que las victorias en seguridad no se miden solo por capturas o abatimientos. Se miden por la tranquilidad sostenida en las comunidades. Por la posibilidad de transitar sin miedo. Por la normalidad que no hace noticia.
Y en ese terreno, todavía hay mucho por construir.
La última trinchera
En el Estado de México, no tenemos hoy el grave estallido de violencias de los estados vecinos…todavía.
Y es que, lo que vimos ayer en Puerto Vallarta fue un mecanismo de presión para liberar liderazgos detenidos, un asunto de emergencia, pero después, vendrá el reacomodo, la guerra por el liderazgo puede ser sanguinaria y aún si pensáramos que aquí no tenemos células en esa pugna, dudoso, tenemos frontera con al menos dos de los estados en conflicto. Vienen tiempos peligrosos.
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