En un escenario internacional cada vez más crispado, las palabras del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, no pasaron desapercibidas.
Señalar la “pasividad” de la ONU frente a conflictos que escalan, y que dejan miles de víctimas, no es menor. Es, en realidad, un reclamo que se viene gestando desde hace tiempo en el llamado sur global, donde la sensación de abandono no es retórica, sino experiencia cotidiana.
Y es que, mientras en foros multilaterales se acumulan discursos, en los territorios las crisis siguen abiertas.
Basta mirar Haití, donde la fragilidad institucional convive con la violencia de grupos armados, o Cuba, donde las tensiones económicas y políticas se han agudizado. Ahí es donde entra la postura de México, reiterada por el canciller Juan Ramón de la Fuente durante la reunión de la Celac en Bogotá: “son tiempos de solidaridad”. Una frase breve, sí, pero cargada de intención.
Según lo expuesto por el propio canciller, México mantendrá ayuda humanitaria a Cuba “hasta donde sea posible”, además de continuar respaldando a Haití en el fortalecimiento de sus instituciones.
No es una postura nueva, responde a una tradición diplomática de no intervención y cooperación. Sin embargo, la realidad actual obliga a matices. La presión externa, particularmente desde Estados Unidos, ha comenzado a tensar ese margen de maniobra.
La presidenta Claudia Sheinbaum, en ese sentido, ha tenido que ajustar el ritmo. Las amenazas del presidente estadounidense Donald Trump no son un asunto menor, y han obligado a replantear el alcance del apoyo a la isla.
Aun así, su equipo ha optado por llevar el debate al terreno político internacional, buscando alianzas con otros gobiernos latinoamericanos que enfrentan dilemas similares. Es una jugada estratégica, aunque no exenta de riesgos.
Pero hay un punto que no termina de abordarse con suficiente claridad. Más allá de la narrativa de solidaridad, la región enfrenta una amenaza mucho más concreta: la expansión de grupos del crimen organizado que operan con niveles de violencia y control territorial que ya rebasan lo convencional.
En algunos casos, su capacidad se asemeja más a la de organizaciones terroristas que a la de simples redes delictivas.
Ahí es donde el discurso comienza a quedarse corto. Porque, la verdad es que, frente a esa realidad, hay pocos argumentos convincentes que expliquen cómo la cooperación humanitaria, por sí sola, podrá revertir dinámicas profundamente arraigadas.
La solidaridad es necesaria, sí. Pero sin una estrategia más firme, más integral, corre el riesgo de convertirse en un gesto insuficiente ante problemas que exigen algo más que buenas intenciones.
La última trinchera
El Plan B de Reforma Electoral de la presidenta Sheinbaum está todavía en veremos y la oposición insiste en señalar el peligro para la democracia.
Por lo pronto, un punto de riesgo está en llevar la consulta para la revocación de mandato de la presidenta Claudia Sheinbaum a coincidir con los comicios del año que viene, con posibilidad de promoción, obviamente. Adiós a la competencia equitativa, ¿no?
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