Aunque se mantiene vigente la Agenda 2030, tengamos en cuenta que hace un par de años Naciones Unidas adoptó aquello que se conoce como el Pacto para el Futuro. Dicho documento no es un asunto menor, en tanto se han tomado cartas en el asunto para trazar los compromisos posteriores a 2030 y vislumbrar desde ahora qué asuntos tendrán prioridad durante los siguientes tres lustros. Para aquel 2045, se habrá cumplido un siglo de la creación de la ONU.
Por ahora, se admite que con respecto a la mayoría de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) las cosas no marchan bien; que la pobreza, el hambre y la desigualdad en el mundo han aumentado. Si bien se reconoce que prevalece un rezago en la Agenda 2030, los documentos no aportan indicadores precisos ni desagregan la información para cada ODS.
En el rubro de salud sexual y reproductiva, la tasa específica de fecundidad en adolescentes de 15 a 19 ha descendido en el mundo, al pasar de 45.9 a 37.6 casos por cada mil adolescentes, entre 2015 y 2025. Pero no ha sucedido lo mismo en el grupo de 10 a 14, donde los casos de niñas-madres continúan siendo un problema que está lejos de erradicarse, especialmente en países en desarrollo como México y el resto de América Latina y el Caribe. Baste decir que México reportó en 2025 un total de 7,887 niñas-madres. Chiapas, Estado de México, Puebla, Veracruz y Jalisco fueron las entidades que tuvieron los primeros cinco lugares, según fuentes oficiales del SINAC.
En este y otros espacios he sostenido que la prevención del embarazo en adolescentes parece interesarle a la clase política, a las(os) gobernantes de los tres niveles, siempre y cuando no se les pida ni presupuesto, recursos humanos, insumos de prevención ni acciones efectivas en las comunidades donde se necesitan. Esta problemática de salud, como otras tantas, ha estado dominada por un compromiso retórico a ultranza; mera preocupación declarativa o performativa, simulación o gatopardismo, sin encarar verdaderamente el asunto.
Con base en el análisis estadístico que he realizado por más de 15 años, puedo sostener que el descenso de la fecundidad en adolescentes de 15 a 19 difícilmente puede atribuirse, de manera causal, a los esfuerzos desplegados por la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo en Adolescentes (ENAPEA). Detrás de esa reducción subyace una serie de cambios socioculturales mucho más profundos con respecto a la sexualidad, su disfrute y la resignificación de la descendencia, que ha permeado generacionalmente tanto en México como en buena parte del orbe. Sin esa mutación cultural, incubada desde la segunda mitad de los setenta, difícilmente se explicaría la magnitud del descenso.
El otro problema, por demás doloroso y lamentable, tiene que ver con los casos de niñas-madres. Según cifras oficiales, diariamente, alrededor de 22 niñas de entre 10 y 14 años se convierten en madres; en muchos casos, con episodios de violencia sexual ejercidos durante años.
¿De qué sirve que desde 2015 exista el Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes (SIPINNA) si dicha dependencia carece de suficiencia presupuestal para atender su función sustantiva? Nuevamente, un asunto de compromiso retórico. Otro botón de muestra: la tercera fase de la ENAPEA ahora opera sin presupuesto. Y eso que se trata de erradicar los Matrimonios y Uniones Infantiles Tempranas y Forzadas (MUITF).
Ahora tenemos la mirada puesta en 2045, pero si los gobiernos de los países en desarrollo, sus entidades y municipios, no destinan fondos y personal capacitado, de aquí a cinco, diez o quince años, cual Sísifo, estaremos subiendo la misma pesada piedra.
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