El informe que ayer rindió la Dra. Martha Patricia Zarza Delgado, primera rectora en la historia de la comunidad auriverde, constituye un hito dentro de una institución marcada por estructuras predominantemente masculinas. Más allá del acto protocolario, conviene analizar este momento desde una perspectiva de género y como integrante de esta universidad pública estatal.
1. La llegada de una mujer a la rectoría no fue un proceso lineal. Durante años existieron intentos relevantes por parte de académicas universitarias que buscaron acceder a la máxima responsabilidad. Aquellos episodios formaron parte de la memoria histórica universitaria.
2. Reconocer esos trayectos previos no implica abrir disputas retrospectivas, sino asumir que los avances en materia de equidad suelen ser resultado de acumulaciones históricas. La institucionalización de una rectoría encabezada por una mujer descansa también en esos intentos que, en su momento, no prosperaron.
3. El contexto electoral reciente mostró una configuración inédita: únicamente mujeres lograron registro para contender por la rectoría. Este hecho, por sí mismo, alteró dinámicas históricas y evidenció una transformación significativa en la cultura política universitaria.
4. La contienda dejó tensiones, expectativas y promesas. En procesos de esta naturaleza, la construcción de acuerdos amplios y la integración plural del proyecto resultan fundamentales para fortalecer la legitimidad institucional. A la fecha, persisten interrogantes en algunos sectores respecto a la amplitud de la integración del equipo directivo y a los compromisos asumidos durante la campaña.
5. La gobernabilidad universitaria exige hoy conducción política cuidadosa. La rectoría enfrenta simultáneamente desafíos financieros, tensiones estudiantiles y demandas laborales. El margen de maniobra no es amplio y cualquier error estratégico puede amplificar la conflictividad.
6. El entorno es complejo. La UAEMéx no está aislada de las dinámicas sociales más amplias ni de los climas de polarización que atraviesan al país. En este contexto, la rectoría requiere equilibrio: mantener el diálogo con los distintos sectores sin perder autoridad institucional.
7. Finalmente, una perspectiva de género no se agota en el acceso al cargo. Implica revisar estructuras, prácticas de toma de decisiones y mecanismos de inclusión real dentro de la vida universitaria. El desafío no es sólo simbólico; es estructural.
El valor histórico de esta rectoría es innegable. Sin embargo, la historia no garantiza por sí misma la transformación. La perspectiva de género será juzgada no por la ruptura simbólica, sino por la reconfiguración efectiva de las prácticas de poder, la apertura real de espacios y la capacidad de evitar que nuevas centralidades sustituyan a las antiguas. Ahí se jugará el verdadero alcance de este momento. Veremos qué sucede. Quedan tres años.
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