El acceso a internet, los avances de las ciencias de la computación, la digitalización, la miniaturización tecnológica, el uso de redes sociales, aplicaciones y los servicios en la nube han moldeado un ecosistema informativo más grande y dinámico.

Con todo, este entorno también se ha vuelto crecientemente fragmentado, descontextualizado e incendiario, con efectos sobre la calidad de la información y sobre las emociones de las mentalidades colectivas.

Según cifras aportadas en 2025 por el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo, en México alrededor del 63 por ciento de la población declara consumir noticias principalmente a través de redes sociales, una proporción que supera a la televisión y a los sitios web de medios tradicionales, especialmente entre jóvenes. Este nuevo entorno digital ha sido aprovechado por personas con perfil variopinto, quienes tratando de pasar por expertas o informadas, a diario deciden probar suerte para ver si un tipo de trabajo que es claramente parasitario y carente de la solidez conceptual les permite colocarse como "nuevo medio o canal de comunicación".

Estas personas ostentan casi como única cualidad el atrevimiento, aderezado con una ignorancia enciclopédica. Son quienes colorean la red de redes a través de supuestos programas noticiosos o de opinión. Como diría el filósofo y cineasta francés Guy Debord, inscritos en la sociedad del espectáculo, buscan lucrar (monetizar) con el trabajo de los demás.

Su práctica informativa es parasitaria porque usurpan el trabajo periodístico e informativo que otros han realizado. Dicho material procede de una o más personas que se han esforzado, verificando datos y fuentes; escribiendo, corrigiendo, editando y posproduciendo, hasta obtener su producto informativo o noticioso.

Una vez que ese material penetra y circula en el gigantesco ecosistema transdigital, socarronamente es arrebatado por pseudoperiodistas, youtuberos, influencers, comentaristas u opinólogos(as). Impúdicamente trocean la información creada por otros. Eso sí, abonan a la descontextualización, nutrida por el uso de un lenguaje soez, para crear el significado o sentido que les place. Acto seguido, la empaquetan sin un ápice de reflexión que enriquezca o complejice dicho tema o problemática.

La expresión de estos fútiles comentaristas se torna reactiva, mefítica, al tiempo que aspira a ser rentable solamente para ellos. Es así cómo se forja la opinocracia: avivada por el número de reproducciones, likes o de tendencias incendiarias. Y, si logran monetizar es porque aguijonean el escándalo, la polarización y porque contribuyen a que florezca el lenguaje agresivo y cerril.

Su propósito no es informar sino retener; generar ruido y un sentido precario o escandaloso. Sí, son los gajes de una ciberdemocracia que, como advirtió Umberto Eco hace años, "ha confundido el derecho a expresarse con la ilusión de saber." ¿Qué piensa usted?

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