La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) enfrenta una de las mayores crisis de credibilidad en su proceso de admisión en los años recientes. Todo indica que varios aspirantes recurrieron a mecanismos fraudulentos para obtener ventaja y conseguir alguno de los 21,962 lugares disponibles.
Cuando las autoridades se dieron cuenta, era demasiado tarde: la noticia y los primeros análisis especializados inundaron el espacio público. Distintos noticiarios, medios impresos, plataformas digitales y redes sociales comenzaron a difundir este áspero episodio.
A finales de la semana pasada, pidieron la renuncia a la Dra. Patricia Dolores Dávila Aranda, primera mujer en ocupar la Secretaría General de la UNAM. Eso no remedia el problema, pero reproduce aquella lógica disciplinaria descrita por Michel Foucault: hacer visible el castigo para restaurar simbólicamente el orden. Cual Jarra de Pandora -y no Caja-, la aplicación de este masivo examen dejó aflorar seis criaturas aladas:
1) Negligencia, atribuible a las autoridades educativas, pues no alcanzaron a ver que existe una multiplicidad de opciones riesgosas y ventajosas que, cual Hidra de Lerna, emerge desde este nuevo ecosistema y cognósfera. ¿Acaso no supieron del sonado caso Varsity Blues, ideado por Rick Singer, dado a conocer en 2019? Él, en su calidad de consejero universitario, ideó y lucró con una “puerta lateral” para que algunos jóvenes adinerados lograran ingresar a alguna de las universidades más prestigiosas de los Estados Unidos. La suplantación de identidades fue el común denominador de esta dolosa práctica.
2) Torpeza, porque aparte de permitir una aplicación asincrónica con un banco de reactivos único, erróneamente abrieron un amplio periodo para la aplicación del examen: del 23 de mayo al 10 de junio. Así, con un sistema deficiente, abrieron grandes avenidas para que los ciberdelincuentes pudieran hurtar muchas o todas las preguntas para venderlas entre quienes todavía no presentaban la evaluación.
3) Sospecha, que lleva a preguntarnos: ¿Quiénes decidieron aplicar un examen a distancia? ¿No anticiparon que la IA generativa y la economía digital del fraude habían cambiado por completo las condiciones de seguridad de este tipo de evaluaciones? Muchas personas, cuando pueden, buscan sacar ventaja sobre los demás “competidores”, haciendo trampa sin el menor rubor.
4) Engaño. Si las investigaciones lo confirman, la eventual simulación sería atribuible al desempeño de la plataforma desarrollada por Territorium Life, la empresa que vendió a la UNAM una plataforma con la garantía de que era capaz de controlar simultáneamente el comportamiento interactivo y virtual de los 158,727 aspirantes. Sin prejuzgar el contenido del contrato entre la UNAM y esta compañía regiomontana, parece que vendrá un prolongado litigio. ¿Quiénes autorizaron la firma de ese polémico y dudoso contrato? ¿Darán la cara?
5) Recelo. Aunque la salida propuesta por las autoridades tiene un sustento razonable, consistente en aplicar presencialmente un “Examen de Control” a quienes obtuvieron un puntaje suficiente para alcanzar un lugar, hasta quienes lograron sobradamente cien aciertos o hasta 120, realmente se trata de un proceso de validación para ratificar o rectificar el resultado aportado por cada aspirante. La respuesta institucional, aunque sustentada, no escapará al cuestionamiento, a la inconformidad, a la resistencia ni al rechazo.
6) Inconformidad. En los próximos días surgirá un problema más complejo, puesto que no solamente se trata de poner en marcha un mecanismo de validación racional, sino que entre miles de aspirantes –por diversas circunstancias—sobrevendrá un movimiento alimentado por la desconfianza, la frustración, el enojo, el desánimo, la sospecha, o en su caso, la vergüenza y el descrédito para quienes, habiendo obtenido más de 100 aciertos, podrán quedar en tela de juicio por haber echado mano de algún tipo de trampa para ingresar a la UNAM.
La sexta criatura alada es la que está animando a algunos jóvenes para que se amparen a fin de hacer valer un documento institucional que, el pasado 24 de julio, la UNAM les envió por correo electrónico, haciéndoles saber que habían logrado un lugar en la universidad más prestigiada del país y de Latinoamérica.
El reciente examen de admisión de la UNAM ya terminó. Lo genuinamente relevante ya no consiste en averiguar quién hizo trampa, sino en reconstruir la credibilidad de un mecanismo de selección cuya legitimidad quedó seriamente lacerada. Porque cuando una universidad pierde la confianza en sus propios mecanismos para reconocer el mérito, comienza también a erosionarse una parte de su autoridad moral.
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