De un tiempo a la fecha, gravita un creciente interés por todo aquello que está cruzado por las emociones básicas y por una diáspora de complejos sentimientos. Sobre el sedimento de emociones como: ira, miedo, sorpresa, asco, alegría o tristeza, en nuestro neurocuerpo indivisible, hemos desarrollado un arborescente mundo sentimental.

Hemos de recordar que, a decir del gran matemático, físico y filósofo René Descartes, por un lado, estaba el cuerpo y por otro la mente; acaso engarzada por la glándula pineal. Básicamente la mente o el alma (res cogitans) y el cuerpo (res extensa) mantenían interacción mediante la glándula pineal, sitio donde tenía su alcoba el alma.

Durante siglos, la herencia del gran Descartes impactó en diversos órdenes de la vida científica, política, social, económica e individual en buena parte del mundo. Pero también este ingenioso pensador nos enseñó que la duda es una parte fundamental del pensamiento científico. Cual búmeran, dicha semilla nos llevó a dudar de su planteamiento. ¡Gracias, Descartes!

El punto que hoy me ocupa, es tratar de plantear si desde el ejercicio de las paternidades y maternidades que se recrean y transforman en este naciente siglo XXI hemos alcanzado a entender la relevancia que tienen las emociones y los sentimientos tanto en nosotros como en la formación de nuestras hijas e hijos. Me temo que no lo hemos logrado.

Desde luego, tomando distancia con respecto a Descartes, se trata de entender que la existencia y función de los aspectos sentimentales y emocionales están ligados bidireccionalmente y en forma indivisible a nuestro cuerpo; al funcionamiento de nuestros órganos y, además, enmarañados con y desde nuestros procesos cognitivos o racionales.

Nos equivocamos si pretendemos ver aisladamente los diversos aspectos emocionales pues, tal como lo han demostrado las neurociencias, existe una profunda e imbricada interconexión en las dimensiones somáticas, orgánico-funcional, sentimental y racional.

Por si fuese poco, el medioambiente: en términos atmosféricos, de hidrosfera (agua y agua para consumo humano), de litosfera (suelo y su uso) climáticos, energéticos, de infraestructura, así como la actividad industrial y su correlato en lo socioeconómico, tienen un papel central en aquello que sentimos, creemos o pensamos y en la corresponsabilidad que tenemos al haber configurado un medio ambiente cada día más dañado y frágil.

Si agregamos la percepción sobre inseguridad pública, violencia y el innegable aumento del crimen organizado en el orbe y en México, así como un mundo digital en el que también se puede recibir daño o se correr riesgos, entonces los retos actuales para prodigar una buena crianza desde las paternidades y maternidades no solamente resulta mayúsculo sino complejo. He aquí una parte de nuestros actuales desafíos. Usted, ¿qué siente ahora?

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