La maternidad en prisión suele justificarse en nombre del "interés superior de la niñez": se afirma que niños y niñas requieren del cuidado de sus madres y que la preservación del vínculo filial es medular. Sin embargo, las condiciones de los centros de reclusión vuelven profundamente cuestionable la materialización de este principio. Más que garantizar, estos derechos suelen diluirse en sitios que distan de ofrecer condiciones mínimas para una vida digna desde la gestación hasta los primeros tres años de vida.

A partir de una investigación que realizamos —junto con Alma Díaz, Carlos González, Antonio Quintero y Vianey Villalobos— en cuatro penales del Estado de México, resulta inevitable subrayar que las cárceles no fueron diseñadas para albergar a la niñez.

Si hay limitaciones para cumplir con la reinserción social de quienes han ido a prisión, estas se agudizan cuando se trata de garantizar el "desarrollo integral" de un infante. En un ambiente precario y atravesado por dinámicas de violencia, la niñez queda situada en una condición de dependencia extrema y de afectación sistemática. Esta vulneración se traduce en carencias de servicios básicos de salud, alimentación y atención especializada, así como en ausencia de personal capacitado para el cuidado infantil, lo que compromete desde el inicio condiciones básicas para el desarrollo en la primera infancia.

Como advirtió Michel Foucault, la prisión es, ante todo, un dispositivo de vigilancia, control y corrección. Está diseñado para disciplinar cuerpos y conductas. En ese marco, la crianza temprana se ve profundamente afectada: rutinas rígidas, ambientes cerrados y ausencia de socialización con otros infantes configuran un entorno desastroso. ¿Cómo puede desarrollarse dignamente la infancia en un espacio que restringe la libertad, limita la estimulación y normaliza la vigilancia permanente?

En los centros penitenciarios observados existen áreas de maternidad y bebetecas; no obstante, estas son insuficientes, exiguas y carentes de personal especializado. Las entrevistas realizadas a madres privadas de la libertad y a personal penitenciario revelan lastimosas carencias en servicios básicos de salud y nutrición.

Aunque las autoridades tratan de atender estas necesidades, los recursos son insuficientes. El propio personal reconoce no estar capacitado ni contratado para atender a menores de edad, lo que genera una sobrecarga institucional que termina por trasladarse a la niñez.

La eventual canalización de estos niños y niñas a instituciones como el DIF estatal abren nuevos dilemas, particularmente en términos de desarrollo emocional y vínculos afectivos. De ahí la urgencia de revisar y fortalecer las políticas públicas: no solo aquellas orientadas a una reinserción social que con frecuencia resulta más discursiva que efectiva, sino también las dirigidas a la protección integral de la primera infancia en contextos de encierro.

Síguenos en nuestras redes sociales:

Instagram: , Facebook: y X:

Google News

TEMAS RELACIONADOS