Luis Alberto García

Pecadores

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Ah, el Blues. Un género que recorrió el pulso del Mississippi, desde su amargura y sentido de lamento hasta la explosión de voces y guitarras pantanosas. En sus venas corre la tradición del Delta, el espíritu de la comunidad afroamericana, la armonía del sonido azul, el sentimiento de un pueblo y una relación casi enfermiza con lo profano.

El mito del bluesman por antonomasia se lo debemos al célebre y, a la vez, réprobo guitarrista Robert Johnson. Considerado entre los fundadores del Blues como una leyenda y una influencia musical en todo sentido: la música y las mujeres eran su pasión y su vía de escape, aunque, para hacer honor a la verdad, en la guitarra no mantenía el mismo éxito que con las féminas y era, más bien, mediocre.

Por allá del año 1931 emprendió un viaje para buscar a su padre biológico, perdiéndose algunos meses en aquellos derroteros para regresar, poco después, siendo un maestro del instrumento y maravillando a todos aquellos que lo escuchaban blandir una guitarra.

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La leyenda cuenta que Johnson decidió intercambiar su pobre y atormentada alma por una técnica brutal que le permitiera exprimir las mejores notas de su guitarra. Y ahí está la escena: una noche cerrada, un cruce de caminos y una figura malévola dispuesta a todo con tal de ganar un alma más, un espíritu que se agregará a sus huestes cuando la chispa de la vida y la fortuna lleguen a su final.

Y así, Robert y su demoniaca sombra recorrieron el Sur y dejaron como legado 29 canciones entre las que estaban Me and the devil blues. Cuentan, por cierto, que cuando entró al estudio a grabar algunas de estas canciones, lo hacía viendo hacia la pared, ya que, en ese momento, sus ojos se ponían en blanco pues entraba en una especie de trance o posesión, lo que alimentó aún más aquel denostado mito de su pacto con el diablo.

Ya que nos estamos moviendo entre plantaciones y juke joints, déjenme recomendarles Sinners, una cinta que se alimenta del Blues y lo demoníaco para ofrecernos una historia salpicada de vampiros y buena música, como si del mejor blaxploitation se tratara.

La cinta, que ha roto récords en cuanto a nominaciones al Óscar, con nada más que 16, entre las que se encuentran Mejor película, Mejor director, Mejor actor y Mejor Guión Original (entre otras); ya se hizo acreedora a 2 Globos de Oro, 3 Bafta, 13 Premios NAACP y 2 Actor Awards.

Para el momento en que ustedes estén leyendo esta columna, sabremos si Ryan Coogler, su director, ha hecho historia en el mundo de las estatuillas y la alfombra roja. Esta cinta nos presenta a un par de hermanos-gangsters que desean fundar una cantina en Mississippi tras dejar su vida de depravación en Chicago, mismos que se verán envueltos en un western gótico aderezado con acordes azules, racismo, misticismo, colonización y vampiros.

El soundtrack, con la presencia de monstruos de la talla de Cedric Burnside o Buddy Guy, es la piedra angular de la prédica entonada por la grave y profunda voz de Preacher Boy, que arrebata a los fieles mientras testifica y se arrebata el alma para confesar: “I know the truth hurts, yes, I lied to you, I love the blues”.

Si te gusta el género, quieres disfrutar de una película de vampiros (que rescata, además, aquel mito de que estas criaturas sólo pueden entrar a tu casa sin ser invitados a pasar) o simplemente pasar un rato muy entretenido, dale una oportunidad a Sinners.

La liturgia musical ha comenzado.

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