Este año, exactamente hace un par de días, se cumplieron 99 años desde el estreno al público de una de las películas clásicas de las artes cinematográficas: me refiero a Metrópolis, del director Fritz Lang.
Considerada como uno de los máximos exponentes del expresionismo alemán y de la ciencia ficción, esta obra se proyectó un 10 de enero de 1927 en el UFA Palast de Berlín, una opulenta y magnífica sala, propiedad de la productora Universum Film AG que, desgraciadamente, fue destruida en 1943 durante los bombardeos sufridos en la Segunda Guerra Mundial.
El guión de la cinta fue creado por la esposa de Lang, la guionista y escritora, Thea Von Harbou, inspirándose en una novela de su autoría escrita un año antes.
Una de las cuestiones más celebradas de Metrópolis es la innovación en cuanto a técnicas y efectos que representa, pues, para la época, su desarrollo presentaba problemas debido a las limitaciones tecnológicas de la industria.
No cabe duda de que una gran parte del éxito de sus efectos visuales, además de la creación de maquetas perfectas con un detalle brutal, fue el apoyo de Eugen Schüfftan, creador del llamado Efecto Schüfftan, que combina actores reales con maquetas o escenarios pintados y, usando un espejo inclinado frente a la cámara, superpone la acción real y las miniaturas en una única toma, creando la ilusión de espacios gigantescos y complejos. Esto le permitió crear un mundo opresivo, enorme, con profundidad y movimiento.
Mención aparte merece María, la mera mera de la película, interpretada por Brigitte Helm, y que es suplantada durante la cinta por un robot femenino, su doble perfecto creado por el científico loco de la historia. Su imagen, además de ser impactante para la época, se convirtió en un icono de la ciencia ficción y de la historia del cine. Y, al menos para mí, la escena más impresionante de la cinta es el momento en que el robot se transforma y adquiere el rostro de la protagonista.
Con los años, una de las anécdotas que más se recuerdan de esta cinta es la que se refiere a su adecuación y posterior pérdida. Les cuento: la versión original que se presentó en Alemania fue modificada con el propósito de presentarla al público de los Estados Unidos. Esta "modificación", de la que habló, fue en realidad una obra de destrucción masiva, pues se eliminaron más de mil metros de cinta de los más de cuatro mil que componían su versión inicial. Esto provocó que, por décadas, tuviéramos acceso a una versión inconclusa a la que le faltaba cerca de un cuarto de metraje: algo así como 26 minutos.
Metrópolis tuvo una primera restauración en 1980 por parte de Giorgio Moroder, agregando color, modificando subtítulos y una banda sonora en la que sonaba desde Bonnie Tayler hasta Freddie Mercury, toda una reliquia. Posteriormente, por ahí del 2003 y gracias a la Fundación Murnau, se presentó una restauración más profunda y la cinta fue declarada Patrimonio de la Humanidad.
Quiso el destino, y la casualidad que, en 2008, se viviera una de las historias más extraordinarias y poco creíbles del cine: Paula Félix Didier acababa de tomar las riendas del Museo del Cine en Buenos Aires cuando se propuso investigar y, en la medida de lo posible, rescatar cerca de 45 mil rollos de cintas que habían sido almacenados en lo que fuera una fábrica textil en el barrio de Barracas.
Ahí dieron (¡imagínense nada más!) con una versión prácticamente completa, en 16 milímetros, de Metrópolis. Si quieren saber más de esta historia digna de una película, busquen el libraco: Metrópolis, de Fernando Martín Peña, publicado por Fan Ediciones. Si son amantes del anime no dejen de ver Metrópolis, del mismísimo Dios del manga: Ozamu Tezuka, basado en la historia original.
Que los fotogramas y las buenas historias no terminen nunca.
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