¡Ahhh, la ignorancia! Ese bello y tranquilo estado que se caracteriza por la falta de conocimiento o instrucción. Fausto, cegado por la ambición de conocimiento, pecó sobremanera y decidió, haciendo caso omiso a la felicidad que genera el atraso y la barbarie, vender su alma a cambio del conocimiento ilimitado y, por qué no, algo de juventud.
Ambas caras de la misma moneda se viven cuando nos acercamos a un tema que nos interesa. Podemos hacerlo por placer y vivir el momento, sin saber más o, por otro lado, emular a Fausto y comenzar a empaparnos de todo lo habido del tema, resultando con pupilas quemadas de tanto leer, aunque con el alma intacta, sana y salva. Que, ni hace falta decirlo, otros pecados seguramente nos llevarán al infierno, pero bueno, ese es otro tema.
Esto pasa, créanme, cuando se inicia una colección. Y cuando un buen ciudadano, como ustedes o como yo, decide que es un excelente día para comenzar a coleccionar acetatos, se topa con esta elección: comprar algún disco nuevo o usado, que se tope en su camino y escucharlo, sin más, por puro placer o (inserten acá el tema de los X-Files de fondo) comprar una tornamesa apropiada, unos altavoces dignos, una aguja chévere, cepillo de limpieza y, claro, los propios álbumes.
Y es que los vinilos están de vuelta desde hace unos años cuando se vino un boom por este formato de Larga Duración o Long Play, gracias a melómanos y coleccionistas que destacaban, entre otras cosas, la nostalgia de tener un LP por su calidad de audio, la experiencia de bajar la aguja y comenzar la reproducción, e incluso, el hecho de poseer música haciendo un frente común ante el streaming y la intangibilidad de la era digital.
El formato, desde su aparición, dominó la industria musical sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial y hasta mediados/finales de la década de los ochenta, cuando fue desplazado por el compact disc (CD).
Por cierto, la producción de discos estuvo en aprietos durante el 2020, tras el incendio que destruyó las instalaciones de Apollo Masters en California. Esto debido a que era una de las dos únicas fábricas que creaban copias maestras de laca en el mundo, que son las bases sobre las que se imprime la música y que, posteriormente funcionan para prensar y crear los vinilos. El accidente provocó que hubiera escasez y el producto se encareció.
Actualmente encontramos nuevas ediciones, ediciones especiales y reediciones; de todos los colores comenzando por el clásico color negro, tonalidades sólidas, opacos o translúcidos, transparentes o ahumados, con mezcla de gradientes, salpicados, con imágenes, hasta llegar a los que brillan en la oscuridad o con líquido en su interior; sin olvidar los que tienen diseño, como el soundtrack de Saw VI que parece una sierra; la edición de los 50 años de Jaws que tiene una mordida en uno de sus lados o, el naranja con forma de calabaza del Especial de noche de brujas de Charlie Brown.
Ambas cosas, hay que decirlo, son buenas y no las estoy criticando. Al contrario, si se encuentran en cualquiera de las dos situaciones, espero que sean muy felices como todo buen melómano lo merece y que, cuando organicen una sesión de escucha, hagan extensiva a su servilleta de papel, una invitación.
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