Luis Alberto García

La identidad empieza por la cabeza

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Mi hermano me lleva tres años. Hace algunos años, en un punto en el que yo iba en la secundaria, él ya se encontraba cursando la preparatoria. Aunque nuestros mundos aún estaban cercanos, el suyo se transformaba, estaba madurando y, seguramente yo, vivía aún en otro planeta. Es ese preciso momento en que los pequeños podemos ser una carga y una compañía no muy agradable que digamos.

Una ocasión (que para mí fue muy especial) lo acompañé a una fiesta. Aún no sé por qué iba con él, tal vez mis padres no tenían con quien dejarme, lo obligaron o el destino decidió que era un buen momento para asistir a una fiesta de chicos mayores. Dejando de lado el motivo, que para fines de esta historia no es decisivo, yo fui a esa reunión. Recuerdo que estábamos en un terreno, con una gran lona amarilla, había una banda de covers y yo estaba parado a un lado del baterista, que en aquel momento tocaba Creep de Radiohead y, de la nada, se armó la rebambaramba: hubo una pelea, la gente que estaba reunida se disipó, la banda dejó de tocar y en el piso, al voltear la vista, entre el polvo, descubrí una boina café que me acompañó desde entonces, después de una buena lavada.

Y es que, si lo piensan, una buena gorra, sombrero o chistera (no importa el tipo sino su uso) le otorga una personalidad única a su portador, pues es única, emblemática y comunica mucho de una persona. ¿También pensaron, como yo, en un taquero?

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Pero, bueno, para muestra, pensemos en algunos personajes del cine que, sin su sombrero, no serían lo mismo.

En primer lugar, colocaría a Charles Chaplin y su personaje de Charlot, el Vagabundo. Un tipo con una forma de caminar y una indumentaria clásica, bastón y un bombín inglés que lo hicieron único. Ese bombín lo usaron también, Laurel y Hardy, mejor conocidos como “el gordo y el flaco”. Ya que hablamos de cómicos, recordemos al rey del humorismo blanco, Capulina y su clásico sombrero agujereado, o al buen Clavillazo y sombrero de tres picos.

¿Qué sería de un vaquero sin su sombrero de ala amplia? El western clásico, resumido a la perfección en “Dos horas de balazos” de Chava Flores, no sería lo mismo sin él. Lo portaron de manera extraordinaria: John Wayne y Clint Eastwood.

Otro icono del cine es el clásico detective privado. Y aunque se trate de un cliché, asociamos a Sherlock Holmes y otros tantos detectives con la Deerstalker o cervadora, una gorra empleada por cazadores de ciervos en Europa.

“Siempre nos quedará París”… además de esta frase mítica de Casablanca, todos recordamos a Rick Blaine, protagonizado por el galán Humprey Bogart, ataviado con su gabardina, un cigarrillo en su mano derecha y su elegante sombrero fedora. El mismo tipo de sombrero fue usado por nada más y nada menos que Indiana Jones, el arqueólogo icono de la cultura pop. Por cierto, Freddy Krueger adereza su outfit de garras afiladas, oxidadas y melladas, suéter a rayas rojas y negras y cicatrices en el rostro con un fedora negro también.

Y ¿qué me dicen de las brujas y los magos? Una parte indispensable de su vestimenta es el clásico sombrero de punta. Los Mosqueteros, Robin Hood, un pirata, todos ellos no serían lo mismo sin su clásico sombrero y es un hecho que es un complemento indispensable que va más allá de ser un artículo estético, dando fuerza a la historia, convirtiéndose, en algunos casos, en símbolos.

Hace unos quince días descubrí que aquella boina, mi gorra de la suerte, ya no me queda, pero a mi esposa le quedó perfecta y fue un hit en su oficina; así que, supongo, ahora le dará suerte a ella.

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